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El Encarcelamiento de Gramsci en Chile - Mario Sobarzo.

Escrito por Webmaster el 26 nov. 2009 | 6:45







El Encarcelamiento de Gramsci en Chile (1)
Mario Sobarzo



El ejercicio “normal” de la hegemonía en el terreno, ya clásico, del régimen parlamentario se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consenso que se equilibran en formas variadas, sin que la fuerza rebase demasiado al consenso, o mejor tratando de obtener que la fuerza aparezca apoyada sobre el consenso de la mayoría que se expresa a través de los órganos de la opinión pública –periódicos y asociaciones- que, con este fin, son multiplicados artificialmente. Entre el consenso y la fuerza está la corrupción-fraude que tiende a enervar y paralizar las fuerzas antagónicas atrayendo a sus dirigentes, en forma abierta o solapada, cuando existe un peligro inmediato, y lleva así la confusión y el desorden a las filas enemigas.

Antonio Gramsci.



Contexto de Acción y Contextos Discursivos

Creo que hay al menos 2 formas de pensar la actualidad de Gramsci en Chile. La 1ª es mostrando la actualidad de su pensamiento en términos teóricos. La 2ª es mostrarla en su dimensión política, activa. Por la 1ª vía se ha generado la gran recepción de su estrategia para el triunfo ideológico de la clase dominante. La revolución neoliberal y su penetración pasiva en los grupos subalternos. Gramsci, en esto, se asemeja a ese otro gran italiano llamado Maquiavelo, quien escribió como un republicano, pero fue utilizado por los reyes.

Leer a Gramsci en Chile hoy es una labor no menor. Supone reconocer las tergiversaciones ideológicas de su pensamiento. Su adaptación al aparato de control económico-político. Su interpretación como teoría de la cultura y los medios, en un contexto de oligopolización de ellos. Y eso, sólo por nombrar algunos aspectos de la utilización de él.

Es por eso que para leer a Gramsci hoy en Chile, es necesario repolitizar aquello que la ideología neoliberal ha convertido en mera eficacia técnica y en disposición administrativa.

Por ello, esta exposición se centrará en 3 ámbitos problemáticos que intentaré diagnosticar. En primer lugar, un análisis de la crisis de hegemonía de la izquierda chilena en la postdictadura. En 2º, un diagnóstico sobre las condiciones presentes de dominación ideológica. Y, en último término me centraré en exponer las nuevas líneas de reflexión organizativa que se están configurando y los aportes teórico-prácticos de Gramsci en este nuevo escenario.

La Transición de los Pragmáticos

Lo propio de la ideología neoliberal es la despolitización de los análisis, y de sus contenidos materiales. En la ideología neoliberal ya no se encuentra la tendencia hacia el romanticismo de los derechos que era propia del liberalismo político. Cuando Friedman presenta como la base de sus reflexiones un principio tan elegante como la teoría de la elección racional, está entregando una base de apoyo a la transformación del capitalismo de estado que se había implementado en los países que quedaron bajo la influencia “occidental” luego de la 2ª guerra. El supuesto de base de Friedman es que se requiere un instrumento tan efectivo como la lucha de clases para enfrentar la tendencia hegemónica que venía ejerciendo la izquierda en todas las áreas de la sociedad civil. Ese principio fue la teoría de la elección racional. En ella se enlazan todos los elementos ideológicos de la clase dominante: la creencia en la elección libre (pero, ya sin referencias metafísicas o trascendentales), la sobrevaloración del individualismo (en su faceta posesiva egoíca, como lo señala Lefort), la necesidad de existencia de contextos específicos de elección, que puedan ampliarse sistémicamente, y fundamentalmente una concepción de la libertad que puede arraigarse y desarraigarse globalmente, mediante estrategias de apropiación de los campos simbólicos: el consumo.

El cineasta alemán E. von Stroheim dirigió una película llamada Avaricia en los años 20, que se anticipaba a los elementos obsesivos que caracterizan al consumo neoliberal. En su desarrollo él muestra como la avaricia (el afán de poseer objetos materiales con asignación de valor simbólico) se vuelve una fuerza potentísima que logra fracturar los vínculos de cualquier tipo. El análisis presentado por Stroheim es sólido en la actualidad, es una realidad de nuestra construcción ideológica. Sólo en el presente, con la capacidad de los medios de comunicación de masas de inventar deseos inexistentes, y volverlos necesidades sociales, la exposición de Stroheim ha alcanzado madurez para expresarse extendidamente. A ello debemos sumarle la aceleración de la producción de terror y temor en un mundo de sujetos aislados, atomizados.

Los intelectuales orgánicos de la Concertación al servicio de los grupos de poder económico fueron diseñando las condiciones materiales (es decir su producción estructural, en cuanto sociedad del consumo, del espectáculo en palabras de Debord, pero también, el aparato de gobierno necesario para operar las nuevas formas de producción), en todos los ámbitos, para que el neoliberalismo fuera penetrando en cada una de las capas sociales subalternas. No sólo le dieron legitimidad al proceso tecnocrático que implica unas formas de acumulación originaria nunca antes vistas en la historia, sino que además generaron un campo dominante en términos teóricos en que las lecturas de la generación que se formó en los ’90 fueron profundamente “postmodernas”.

No quiero simplificar los procesos. Obviamente, hay muchos otros factores que concurrieron en esta crisis de producción de sentido, y de generación de hegemonía. La caída de los socialismos reales, con su implicancia emotiva, y económica. La desmovilización de las fuerzas sociales ligadas a los partidos de la Concertación. La política represiva de la Oficina, y las delaciones compensadas. La Concertación pasó así de mera administradora del sistema heredado, a productora de un sistema nuevo que permitiría la explotación sin resistencias de ningún tipo. Es este el primer error de la izquierda. La confianza desmedida en los antiguos compañeros vino aparejada de un proceso de cooptación por parte del aparato de estado-empresarial en que se reconfiguró la herencia de Pinochet.

Los resultados están a la vista: los vínculos entre política, empresariado, intelectualidad, FF.AA., Iglesia, han devenido en la conformación de una casta que gobierna el país con intereses comunes, y construcciones simbólicas interrelacionadas. Y, que, a su vez, han permeado el espíritu de casta a las otras clases sociales. Cada grupo se constituye por reglas de producción de visibilidad, comprensibilidad y exclusión-inclusión, que sólo hacen referencia a su propio imaginario. En áreas como la educación (OPECH), la ubicación residencial urbana (Transantiago, planes reguladores, privatización del espacio público, sistemas de control biopolíticos, etc.), el diseño de símbolos (vestimenta, formas de comportamiento, temas de interés, etc.), las formas de prestaciones sociales (sistema de salud, de pensiones, las carreteras, etc.), y la producción cultural-artística, se han configurado grupos con intereses semejantes, atribuidos por criterios extraeconómicos (de clase), para pasar a estructurarse en torno a imaginarios simbólicos generados massmediáticamente, y donde el dato material pierde consistencia frente a los paraísos artificiales que la sociedad del consumo iguala.

Así las cosas, no es raro que la izquierda no haya logrado posicionar un solo tema, una sola perspectiva acerca de los temas hegemónicos, desde un ideario alternativo.

Esta situación extendida en el tiempo generó una sensación de derrota, de inmovilismo (salvo luchas sectoriales determinadas, y de alcance limitado, como los movimientos universitarios, las luchas gremiales, o la solicitud de justicia en casos de DD.HH.), que en el último año ha ido avanzado, particularmente gracias a las movilizaciones secundarias del año 2006, conocidas como revolución pingüina.

El momento presente pasa por elaborar teóricamente dichos conflictos para generar praxis revolucionaria. Sin embargo, falta el aparato político que pueda dirigir esta actividad. La actual disgregación de fuerzas, partidos y movimientos ha funcionado bien en un enfrentamiento reticular, microfísico, como el que configura la economía neoliberal a nivel social, pero son inoperantes en una fase de guerra de posiciones. La guerrilla es útil para la resistencia, pero no basta para la toma del poder. En este sentido, la pregunta por un nuevo sistema de organización que venga a reemplazar el desacreditado esquema partidista, es la 1ª necesidad de un pensamiento práctico de izquierda. Sin coordinación, con peleas entre los distintos referentes, sin la generación de un plan de acción con tareas a corto, mediano y largo plazo, la clase dominante seguirá manteniendo la hegemonía cultural.

Reconfiguración

Sin embargo, el escenario ha cambiado. Hasta la Iglesia Católica lo reconoce, y en su labor de conservadora del orden establecido, ha dado una importante señal, que hay que leer en su doble sentido. Es cierto, que es un llamado de atención para mejorar las condiciones materiales de distribución de la riqueza, pero por otra parte es un énfasis que está dirigido a tomar las medidas pertinentes para disminuir los escenarios de conflicto. Y es que el sistema de producción neoliberal en su versión concertacionista está dando muestras de agotamiento político. Esto no es otra cosa que decir que es la política misma, como aparato de control ideológico, lo que está en crisis.

La reacción del Estado no debe ser vista como una serie de políticas aisladas. En la medida que las fórmulas eficientes de dominación tienden a agotarse, se va volviendo necesaria la efectividad pura, es decir la violencia en sus formas más directas. Conjuntamente con la rebaja de la edad penal, el Estado chileno reconoció la primacía de los reglamentos internos de las escuelas por sobre la Constitución y los tratados internacionales suscritos por Chile (caso Carolina Llona). La exclusión política juvenil va unida a una mejoría escalonada de las condiciones de marginalidad de los inscritos antes del plebiscito, lo que mantiene la apariencia de estabilidad política, en la medida que las elecciones se legitiman. Junto con las reformas a la Constitución y a la institucionalidad laboral, se deja en evidencia la función del Estado como principal ejecutor en Chile de las políticas de discriminación selectiva en los contratos laborales. Etc.

La red de violencia real y crisis de hegemonía del aparato intelectual de la Concertación está dando paso a nuevas formas de coordinación y control menos “blandas”. Obviamente no podemos anticipar los conflictos, pero sí podemos delinear los modos de operación de este endurecimiento que está fisurando las lealtades ideológicas, y a partir de ello podemos reconfigurar una política de alianzas y consenso que genere una alternativa de poder al aparato estatal.

Lo 1º que caracteriza a este nuevo momento es la utilización del discurso terrorista para calificar las coordinaciones contrahegémonicas. Haciéndose eco de las fórmulas neoconservadoras norteamericanas, el Estado chileno ha decidido caracterizar la resistencia social como alteradoras del orden legítimo. El caso de la detención del Isra es característico de ello. En un sistema económico donde más de la mitad de la fuerza laboral depende de sistemas informales o informalizados para su subsistencia, no es casual que la delincuencia termine siendo la punta del iceberg de la marginalidad.

Uno no puede reclamarle a la juventud por su falta de oportunidades. Yo hubiera podido ser futbolista, pero no tuve a nadie a quien decirle necesito arreglar primero esto. En La Legua, una población de gente humilde, algunos se tienen que meter obligadamente en lo que no deben. Si por barrer todo un mes la calle te dan 80 mil pesos... ¿Quién vive con eso ahora si el kilo de pan ya vale luca?

En vista que la Concertación no ha sido capaz de superar la desigualdad, sino que por el contrario se ha dedicado a marginalizar, desproteger y deslegitimar las formas de resistencia, al mismo tiempo que ahonda en la desigualdad estructural heredada de Pinochet, lo cierto es que sus prácticas se vuelven, también, más violentas. Y dicha violencia necesita chivos expiatorios. La rebaja de la edad penal es sólo el primer paso en un proceso que sólo puede terminar en el triunfo electoral de la derecha política (la económica no ha parado de ganar desde hace 34 años).

En 2º lugar, la crisis del Estado-crisis como señala Negri no es un resabio inesperado propio de una inadecuación para hacer frente a las constantes transformaciones a que el sistema productivo somete al político. Más bien, son necesarias para readecuar el sistema productivo nacional a las formas de liberalización económica que funcionan estructuralmente. La crisis de gobernanza que ha caracterizado al gobierno de Bachelet es resultado de esto mismo. En la medida que quedan en evidencia los vínculos secretos entre las distintas esferas de la casta dominante, las coordinaciones entre ellas se vuelven más conflictivas, pues se sienten atenazadas por encontrar nuevas formas de integración que les permitan mantener el aparato de poder sin afectar la gobernabilidad. Estas fricciones van marcando la sensación de que es necesaria una nueva forma de gobernabilidad que no puede ser sencillamente derivada de la anterior. Todos los partidos de la Concertación están en un proceso de reconfiguración de sus vínculos formales e informales, pero en épocas de crisis se necesitan liderazgos que entreguen seguridad. Dicho liderazgo no se encuentra en las personas como entes particulares, sino en su asociación. Es por eso mismo que la forma partido se encuentra en crisis. Los vínculos que unen a una casta son los mismos que la separan. La violencia psíquica y simbólica que se manifiesta en su competencia constante sólo es morigerada por el objetivo común. Pero, si ese objetivo se disloca y fragmenta producto de la crisis, sólo queda la hostilidad como fundamento. Ése es el momento que requiere el grupo social para expulsar a los extraños, y definir a sus enemigos a partir de las características de los antiguos aliados. El aparato de control sólo puede reconfigurarse desde la nueva hegemonía que se derive de su capacidad de manejo de la crisis entre la coordinación política y económica.

En épocas de crisis de legitimidad, la superestructura tiende a ensayar estrategias de coordinación y acción política que se establecen en base a lo que Gramsci llamó consenso, esto es la capacidad de la sociedad civil de buscar vínculos ideológicos comunes. En la medida que el neoliberalismo ha funcionado sobre la catástrofe de la asociatividad (como lo exponía magistralmente Lechner en su texto Las Sombras del Mañana), es esta conciencia catastrófica lo que sirve de cemento para la coordinación de las clases subalternas. El ejemplo de los secundarios el año 2006, exigiendo “buena educación” es característico de esto. Hay decenas de áreas en que las políticas neoliberales han abierto fisuras a la hegemonía cultural de la casta dominante. Pero, se requiere una coordinación intelectual, o sea, política, para que ellas no vuelvan a convertirse en ideológemas al servicio de las políticas de control. Es esta, una vez más, la falla de la izquierda.

Sombras Fantasmas

El momento presente en Chile puede ser semejante a lo que Gramsci ve cuando los soviets son capaces de tomarse el poder en la Rusia zarista. No hay condiciones subjetivas para que ello suceda; aún el neoliberalismo no ha desplegado las potencialidades inherentes a su desarrollo; el sistema de control posee una legitimidad asociada a la emergencia de nuevos discursos que gozan de gran admiración por parte de amplios sectores sociales (discurso de género, defensa de las minorías, reconocimiento de derechos, etc.), y la casta dominante ha ampliado la separación intelectual con las clases subalternas, generando un sistema de poder reflexivo que le permite mantener la confianza ilimitada en sí misma. Desde un punto de vista del Marx clásico, las condiciones requieren el nacimiento de una nueva clase que responda a esta realidad económico-social, o al menos la transformación del autoconcepto de proletariado. Sin embargo, es esto mismo lo que hizo triunfar la revolución socialista de Octubre. El proletariado no tenía plena conciencia de clase, y los vínculos orgánicos eran inestables y poco confiables. La sociedad burguesa no era una clase con un alto desarrollo en términos de población ni extensión territorial. Las formas de dominación feudal aún gozaban de buena salud, etc. Sin embargo, Gramsci ve en estos rasgos la posibilidad de construcción de un estado socialista.

En nuestra actualidad si algo nos caracteriza como sociedad es la alienación ideológica de clase. En Chile casi el 70% de las personas se define a sí misma como clase media y se intenta acomodar a los patrones de comportamiento de ella. Sin embargo, todas las cifras muestran la pura realidad ideológica (encubridora) de esta percepción. Hoy vivimos un fenómeno de generación de una nueva clase que tiene más vínculos con el sistema feudal medieval de servidumbre, que con un sistema de clases. El mecanismo de mantener a los trabajadores consumiendo, es decir hipotecando su tiempo de trabajo futuro, en favor de nuevos señores que funcionan como corporaciones (anverso casi exacto del partido político gramsciano), se sostiene en un mecanismo psicológico perverso: la anticipación compulsiva de la gratificación asociada a la posesión de un objeto imaginado. Este mecanismo es el que opera detrás de las lógicas de consumo. Mostrar esto como una esclavitud, sólo es posible en la medida que se generen 3 situaciones: 1) que exista una coordinación para generar formas de poder paralelo al Estado neoliberal; 2) que se comience a producir pensamiento orientado a la acción (praxis), aún cuando se cometan errores; 3) que se multipliquen los conflictos por la hegemonía superestructural. Recordarnos esto, es el gran aporte de Gramsci para nuestra situación actual.
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(1) Texto presentado en el Foro sobre la vigencia del pensamiento político de Gramsci a 70 años de su muerte. Organizado por ARCIS Valparaíso el 14 de Agosto de 2007. En dicha ocasión la mesa estuvo integrada por Osvaldo Fernández, Sergio Fiedler y Leopoldo Benavides. La moderación estuvo a cargo de Pablo Aravena.
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