El Héroe vuelve a casa - Claudio Díaz Pérez

Escrito por Webmaster el 8 feb. 2010 | 5:07








El Héroe Vuelve a Casa
Claudio Díaz Pérez



“…. No medito contra ti ni desventura ni
perdición, y pienso y he de aconsejarte
cuanto para mí misma discurriera si en
tan grande necesidad pudiese verme …”
Odisea, Canto V




Capítulo I

Introducción a un tiempo antiguo:

   Abajo, en la Gran Sala, había cesado el espantoso rumor. Ese temblor del suelo como el que se siente al paso de un rebaño despavorido; pero ella sabía que los rebaños no se había acercado al palacio. Esos repetidos golpes sordos contra las cerradas puertas de roble, y esas voces lejanas como las que anuncian el retorno de los pastores. Ella conocía bien el espesor de esas puertas; sólo el dolor o la cólera, en el límite de la locura, pudieron arrancar a pechos humanos sonidos audibles desde el otro lado de aquéllas; sólo hombros muy poderosos pudieron remecerlas así. Hombros como los de Pólibo, Anfimedón, Agelao … todos esos alegres y aturdidos muchachos que habían pretendido llevarla al lecho.
   El miedo volvió a ella como una ola negra y helada; pero de nuevo encontró en el fondo de sí misma la reserva de orgullo que era atributo de su clase y (aunque estaba sola) se puso de pie, como debe hacerlo una reina frente al peligro, como si ya las espadas de bronce apuntaran a su cuello. El miedo retrocedió ante la magia del gesto y las imágenes repoblaron su mente.
   Ahora se escuchaba con mayor claridad el llanto de las esclavas en la habitación vecina. Con una punzada de celos ella recordó el fragante cabello de Melanto … ¡pobre niña tonta! Ella le hubiera enseñado como retener a Telémaco lejos del mar; pero la perra desagradecida se había encelado con Eurímaco, el maldito bruto arrogante que ya le había preñado cinco esclavas. Entonces Telémaco habló con ese hermoso forastero de ojos claros que estuvo sólo un día en el palacio (Mentes, dijo llamarse, y no se había interesado por conocerla). Algo había sucedido entre ellos, pues su hijo en un instante se había hecho adulto y se había puesto en peligro; su hermoso hijo de grandes ojos obscuros, tan veloz en la carrera, tan tímido y amante de la poesía. Ella lo había mantenido lejos de las armas, para que nunca lo tentara ese poder que emanan y aparta al hombre de la mujer. Para proteger a Telémaco había hecho enloquecer de deseo por ella a cuanto predador en potencia habitaba en Itaca o sus contornos. La divina Artemisa, que ama el deseo insatisfecho, había escuchado su ruego.



Capítulo II

Seducción:

   Primero fue un poeta, el buen Femio, para que diera nombre de mujer viviente al obscuro anhelo de optar lo inalcanzable, que de tanto en tanto inquieta a los hombres capaces de arriesgar la vida por cuenta propia. Ella se sabía sólo discretamente bella; pero ninguna la igualaba en el arte señorial de guardar distancias y proximidades de modo que todos en su presencia se sintieran a gusto, ubicados en ese punto exacto donde nada hay que simular o defender ante el otro y donde las falsas expectativas no se hacen presentes.
   Recibió al poeta vestida con las galas de la realeza, a la vez digna y atenta. Lloró calladamente al escuchar su canto, y dejó que la imaginación de él hiciera el resto.
   Henchido de gratitud y respetuosa ternura, Femio dedicó un año a cantar la soledad de la reina por toda la costa occidental de la tierra de los dánaos. La musa no le fue infiel; y cada varón atrevido que escuchó sus palabras sintió crecer en sí el anhelo de llenar esa soledad.
   Uno a uno fueron llegando hasta ciento ocho príncipes de hombres, en busca de su destino. Bellos animales de presa en la plenitud del vigor (demasiado jóvenes para zarpar hacia Troya diecisiete años atrás), ávidos de fama, poder y placer. Uno solo que se volviera sin encontrar lo esperado, y los demás lo seguirían por no parecer menos duros o más ingenuos. Entonces, una noche no lejana, llegarían las naves largas con su carga despiadada; y las columnas de humo se alzarían sobre el reino desarmado.
   Pero diecisiete años de soledad habían enseñado a ella el poder de los símbolos del deseo. No intentó ocultar su edad (ya cerca de los cuarenta, era diez años mayor que los más jóvenes de ellos), ni tampoco competir con las imágenes de otras más bellas que fácilmente hubieran podido traer, perfeccionadas por su recuerdo. Justificada con la pena por el ausente, recibió a los pretendientes en obscuro vestido de esclava, que destacaba sus blancuras de mujer enclaustrada y le permitía exhibir desnudos sus suaves pies de dama. Nunca vieron esos orgullosos varones mujer así vestida que no pudieran tomar si querían. Ningún adorno apartaba la atención de lo que ella había discurrido poner ante sus ojos expectantes. No esta mujer, que siempre podría ser mejor o peor que cualquiera otra, sino, simplemente, una mujer: la forma milagrosa que desde el inicio del tiempo no ha fallado en traer al hombre al rito de perpetuación, contra todos los llamados de la aventura y la muerte. Para que el contraste fuera mayor se hizo conducir de la mano por la adolescente Melanto, su esclava favorita, enjoyada como una princesa. Menos efecto hubiera causado vendiéndose desnuda en el mercado. Aún antes de alzar la mirada, púdicamente baja como debe llevarla quien acepta ser pretendida, supo que había superado la prueba.
   Algo como el cálido viento del sur había entrado en la Gran Sala (ella todavía se ruborizaba al recordarlo). Cien jóvenes machos en celo, no importa qué principescos modales tuvieran, harían que el propio templo de Hera pareciera un burdel. Entonces sus ojos se abrieron, serenos y comprensivos, para todos los ojos que la devoraban, mientras gruesas lágrimas aparecían en los obscuros y turbulentos de Melanto. Esa clara voz dominadora era su propia voz. Las palabras contenían rechazo, pero había tentación en el tono. Aunque en ellas se agradecía el homenaje hecho a su soledad, también se recordaba lo ya tornado inolvidable: que era mujer madura, esposa y madre.
   Esa noche, después que Telémaco se retiró a su alcoba, a petición de la reina Femio cantó (con el alma llena de horror sagrado), la trágica historia de Edipo. Y durante los tres años que siguieron los pretendientes rondaron el palacio como almas en pena, olvidados del honor y de la guerra, atrapados por el inaccesible lugar común de su inextinguible deseo.



Capítulo III

Matriarcado:

   Entonces ella comenzó la tela maravillosa que envolvería a Laertes cuando bajara al sepulcro. Cuando la terminara –dijo- tomaría nuevo marido. Cada día recibía a un pretendiente, diez veces recibió a cada uno. Mientras el hombre hablaba, ella bordaba. Nunca supo que existiera algo llamado “escritura”; pero a cada hombre asignó la figura del animal que su presencia le recordaba en el momento. Pronto tuvo la tela llena de osos, halcones y lobos. Para distinguirlos entre sí debió acudir a otros animales, que fueron mezclando sus partes con los primeros: algo de cerdo había en este lobo, mucho de serpiente en ese halcón; uno terminó en conejo tras conocerlo mejor. Después del primer año ya no necesito la tela para recordarlos. Pero ésta, sin que ella lo notara, había comenzado a convertirse en el espejo de sus sueños. Algunos animales crecieron más que otros, desbordando el espacio originalmente asignado. Fue preciso reubicar a los restantes, empequeñecidos, hacia la periferia del bordado, donde acabaron por constituir una doble guarda continua. Y al finalizar el tercer año, dos enormes animales se disputaban el espacio central: Anfínomo, el caballo paloma, donde predominaban los hilos de plata, y Antínoo, la serpiente león, donde predominaban los hilos de oro. Entonces ella comprendió que uno de ambos terminaría siendo el señor de su cuerpo.
   No recordaba de su vida otra época tan feliz como esos años, rodeada de hombres hermosos que atronaban el palacio con sus voces jactanciosas y alborotaban todo con sus juegos y desafíos, intentando sorprender en ella una mirada de interés, una sonrisa o un rubor. Pronto descubrieron ellos que ese interés resultaba más fácil de obtener destacándose en la danza y no en el pugilato. También se puso de moda la resolución de acertijos, en lo cual ella era eximia. Y Femio encontró un auditorio cada vez más atento para ciertos experimentos literarios, con un metro más breve y un ritmo más ligero, en los cuales el tema no era hazañas de dioses o héroes, sino penas de amor de simples hombres y mujeres (nobles, por supuesto). Incluso interpretando los temas clásicos el poeta se permitía sutiles variaciones: ya no era tan alabada la riqueza del botín como la dificultad superada al obtenerlo; ya no importaba tanto la magnitud de la matanza, como el trato cortés entre adversarios valientes. Un día, en un poema laudatorio dedicado a la reina, acuñó la expresión “tribunal de Eros” que nadie entendió (veinticuatro siglos más tarde sí sería entendida, cuando sonara en una dulce lengua bárbara: “corte de amor”). Entre tanto Telémaco crecía y se aproximaba sin peligro a la edad en la cual pudiera asumir el trono de Itaca.
   En su felicidad, ella pudo por fin comenzar a olvidar el rudo mundo de su marido donde sólo había sido una niña bien criada. Laertes, su suegro, había tenido el buen gusto de irse a vivir al campo tras la muerte de su esposa. A Méntor, el amigo encargado de administrar el patrimonio familiar, ella misma lo había alejado con discreción; el pobre viejo siempre andaba rezongando por la merma en los rebaños que ocasionaban los continuos festines de palacio, sin comprender que los regalos de los pretendientes valían por un número mucho mayor de animales. Hasta pudo olvidarse de Argos, el sanguinario mastín favorito de su marido. ¿Qué había sido de ese animal odioso que se zampó a los bellos pavos reales traídos por ella desde el palacio de su padre?... Sólo Euriclea, que ya era vieja cuando ella entró por vez primera al palacio de Itaca, se negaba a morir y hubiera sido indigno expulsarla. Euriclea, cuya sola presencia era un reproche porque sólo vivía para recordar al ausente (a quien, por lo demás, había criado en su regazo). Pero ella no dejaría que esa sombra se le aposentara en el corazón.



Capítulo IV

Rebelión:

   Entonces la divina Afrodita exigió la parte que le era debida. Y Melanto se hizo mujer, con Eurímaco. Para combatir a la reina en el corazón de su amante, Melanto reveló lo que creía era el secreto de la tela. Eurímaco eligió con cuidado a sus testigos. Los tres hombres aparecieron cuando ella terminaba de borrar del campo central al último animal ya reproducido en la guarda, para dar cabida a la cola de la serpiente león. Por largo rato debieron estar ocultos en la sombra del taller. Ella no se extrañó de no haberlos percibido, porque bien sabía de lo que era capaz un guerrero. Había ira en el rostro de Eurímaco y dolor en el de Anfínomo; pero Antínoo sonreía y ella supo que estaba perdida (así, tan sin alegría, había visto sonreír a su padre antes de partir a la guerra, tras enterarse que el principal aliado se había pasado al enemigo… luego los hombres contaron que el rey había entrado en combate como si buscara la muerte y, contra todo pronóstico, la batalla se había ganado). Pero una reina no da explicaciones. Y ella era demasiado adulta para no saber que el enamoramiento no resiste a la sospecha, porque supone la perfección del amado. El solo hecho que los pretendientes hubiesen intentado sorprenderla indicaba que la seducción llegaba a su término; y ninguna explicación podría algo contra eso. 
  En ese momento ella recordó, con sobresaltada esperanza, que el último animal borrado era el potro rojo con dorado cuerno de narval(1) en la frente, el cual correspondía precisamente a Eurímaco. Los tres hombres entre ciento ocho habían estado a la vez juntos en el centro de la tela y en la habitación; y eso era tan raro como de amanecida arrojar al mar un anillo y por la tarde encontrarlo en el vientre del pez que se cocina para la cena (en ese momento necesitaba creer en la magia y no quiso pensar que los tres hombres seleccionados por ella pudieran ser también los tres obviamente mejores para cualquiera, lo cual hubiera destruido toda la rareza de la coincidencia). También recordó que Atenea protegía a las tejedoras. ¿Habría la diosa hablado a través del bordado? 
  Los quince días que siguieron fueron como un atajo del Destino para reencontrar su curso perdido, aquel del cual ella intentara apartarlo tres años atrás. Los pretendientes, encabezados por Antínoo, se establecieron en el palacio como una fuerza de ocupación sobre un reino vencido. No lo abandonarían, dijeron, mientras ella no concluyera la tela y tomara nuevo marido. Pero ella sabía que esa condición era imposible, porque ahora, roto el embrujo, los pretendientes habían tornado a ser la banda de lobos que eran al llegar. Quien fuera elegido como esposo provocaría en su contra la alianza de todos los demás. Y entonces ella, su hijo y el palacio serían legítima presa de guerra. Los regalos cesaron, pero no el estrago en los rebaños y bodegas. También los pretendientes comenzaron a dar órdenes directamente a los esclavos; y pronto encontraron entre éstos a quienes, conforme a su naturaleza servil, se apresuraron a reconocer a los nuevos amos. Melanto se tornó cada vez más insolente. 
  Ella estaba preparada desde la infancia para convivir con la violencia. Sabía que lo único por esos hombres respetado, fuera del poder, era los buenos modales, su marca de clase. Acogió con elegancia la situación, sin ruegos ni protestas; sólo indiferente hacia cuanto se hubiera restado a su autoridad, como si ella fuese la invitada.
   Entregó la administración del palacio a Euriclea, de cuya lealtad no cabía dudar, con instrucciones de no resistir y en lo demás conservar la rutina; así sería la esclava y no la señora quien sufriría la ofensa asociada a cada usurpación. Ella se refugió en las habitaciones interiores; pero no renunció a presentarse en la Gran Sala y el patio exterior (donde los pretendientes pasaban casi todo el día porque eran los únicos lugares bastante amplios para contenerlos cómodamente a todos; y porque ninguno de los hombres permitiría que otros ganaran ventaja entrando solos en un lugar más próximo a la reina); no convenía añadir a su actual condición la de prisionera, ni desafiar a los pretendientes con su ausencia. Conservó también su trato amable y discreto para todos; sólo que ahora con un tono tan formal y desapasionado que se percibía de inmediato en ese trato un homenaje a su propia educación y no al interlocutor. Pero en la soledad de su habitación lloraba de rabia. Y Euriclea, que creía lo que quería creer, se sentía más ligada que nunca a su ama.
   En ese mundo de aristocráticos guerreros había límites incluso para la violencia. Si ella no abandonaba su pasivo papel, los pretendientes no encontrarían pretexto para ir más allá; y años podría pasar antes que se agotaran los rebaños. Pero entonces Telémaco habría entrado largamente en la adultez y nada justificaría que no hubiese muerto tontamente como un caballero, defendiendo su patrimonio; ninguno entre los dánaos aceptaría por rey al hombre que rehuyera su primera prueba. ¿Por qué serían tan intratables los machos cuando juzgaban sobre lo intangible?
   Euriclea propuso el veneno; pero a la anciana no le importaba morir en la hoguera y eso tampoco salvaría el trono para el hijo: eran ciento ocho príncipes, cuyos cadáveres podrían convocar una fuerza vengadora cincuenta veces mayor entre familiares, amigos y esclavos de confianza, si fueren separados de su alma de un modo que las costumbres condenasen. Años podría pasar antes que se agotaran los rebaños y después la infamia cubriría a los pretendientes. Entonces la odiarían; y sin tener ya nada que perder se volverían contra el palacio. Sólo la guerra, con sus despojos ajenos, permitiría reconstruirlo tal como fuera construido ¿qué sería entonces de Telémaco?. En cuanto a ella, terminaría de esclava de un esclavo si sobrevivía a la violación colectiva. También Laertes podría morir en cualquier momento y para entonces la tela debería estar concluida y ella no podría eludir el matrimonio ni la ruina del reino. El tiempo estaba de nuevo contra todos, como ocurre cada vez que la acción prescinde de la mujer.



Capítulo V

Dictadura:

   Ahora Antínoo quería el trono de Itaca. Y se dio cuenta que el camino hacia éste ya no pasaba por el lecho de la reina sino por la extinción del linaje. También sabía que los pretendientes no lo seguirían por ese camino mientras la reina no abandonara su pasivo papel. No antes que se agotaran los rebaños; y después sería demasiado tarde, para todos. Entonces él optó por la corrupción.
   Los trinchadores fueron instruidos de cortar trozos más grandes; y los escanciadores de circular con mayor rapidez en torno a las mesas del banquete para  mantener copas siempre llenas. Comenzó a elevarse el tono de las voces, la licencia del lenguaje y el peso de las bromas. También retornaron las pruebas de fuerza; y Antínoo inventó un novedoso desafío, el de quien entre ellos obtenía obediencia más pronta sobre los esclavos del palacio. El juego era nuevo porque sólo tenía sentido con esclavos ajenos; y ofrecía ilimitadas posibilidades de variación: se les daba órdenes contradictorias, o simultáneas, apostando a cual cumplirían primero; o bien en sucesión tan rápida que no alcanzaban a cumplir ninguna; se los reprendía por el incumplimiento de una orden no dada y, cuando algún desdichado intentaba justificarse, se lo enfrentaba a un horrible dilema: “¿pretendes, gusano, decir que yo miento?”; un silencio simuladamente amenazador se hacía en la Gran Sala y todas las miradas convergían hacia la víctima, enredada en disculpas que sólo agravaban su situación: “ahora te retractas, eso significa que la primera vez mentiste, has cometido pues dos faltas; tres, si consideramos que con la mentira pretendías encubrir tu incumplimiento de una orden; lo cual supone premeditación”. Entonces uno de los comensales preguntaba gravemente a otro: “¿cuál es la pena estipulada por nuestros mayores para el esclavo que ofende públicamente el honor de un príncipe?” Y la respuesta prolongaba el tormento: “antes, preguntemos a él mismo que pena cree merecer; sospecho que estamos en presencia de un pillo desvergonzado; te apuesto, querido, que espera salvar entero su cuerpo y así, seguramente, ganar ascendiente entre los de su clase”. Luego otro gallardo joven intervenía, dirigiendose a la peluda y embrutecida criatura que temblaba al borde del llanto frente a los pretendientes: “¿así que eres un demagogo, un profesional del motín?”. Agotados los placeres intelectuales un señorial vozarrón interrumpía: “¿hasta cuándo, príncipes, dejaremos que este animal estropee nuestro almuerzo? ¡Y tú! ¿por qué estás todavía de pie ante nosotros como si quisieras parecerte a un hombre? Te arrastrarás de bruces y gruñirás como cerdo para que no olvides cuál es tu lugar, mientras decidimos que hacer con tu pellejo”.
   Esa noche hubo que amarrar a un esclavo para que no continuara arrastrándose, con los codos y rodillas desollados; pero no se pudo impedir que siguiera gruñendo: “¡hoinc, hoinc!” hasta el amanecer (pues en su estado de alteración, una mordaza sin duda lo habría asfixiado).
   Como hábil maestro de impías ceremonias Antínoo dirigía la diversión. Los esclavos más listos o fuertes podían comprar seguridad transitoria, uniéndose al escarnio contra los más débiles o torpes. Alegres risas festejaban el aullido de dolor del que había recibido grasa caliente en sus manos por no haber percibido a tiempo el guiño del compañero que servía. Otro ganó el derecho a beber una copa con los príncipes, por haberle fijado con un alfiler en la espalda la parte inferior de la túnica a una de las muchachas que atendían el fuego encuclilladas; al levantarse, ésta exhibió sus blancas redondeces y dio toda la vuelta a la Gran Sala, llamada con distintos pretextos, antes de descubrir el motivo de la tempestad de carcajadas. (Euriclea la encontró en el establo justo cuando la muchacha, sollozante, intentaba colgarse de una viga y debió llevarla a dormir con las camareras de la reina para que sus propias compañeras no continuaran zahiriéndola).
   Las esclavas más jóvenes, exhaustas por el servicio nocturno que les exigían los pretendientes, ya no podían ayudar con eficacia a las más viejas durante el día. Una suciedad grasienta, de taberna de puerto fenicio, comenzaba a extenderse por suelo y paredes. Y una atmosfera de pantano crecía dentro del palacio; nada parecido al limpio temor que precede a las batallas y estrecha los lazos entre camaradas de armas, sino una inseguridad pegajosa y angustiante que aislaba a cada cual en el seno de su propia traición. Tampoco los pretendientes escapaban a su influjo; se daban cuenta de estar yendo demasiado lejos, pero no sabían cómo detenerse. Encontrándose todos en una situación sin precedente, uno había tomado la cabeza y los demás lo habían seguido; cada nuevo exceso los comprometía un poco más, pero ninguno sobrepasaba en tanto a los anteriores como para justificar un apartamiento que hasta ese momento no les pareció necesario, y que sin duda sería interpretado como un reproche, ofensivo para los otros príncipes presentes: ¿quién podría ser tan poco sociable?. Pero cada nuevo consentimiento en lo no querido demolía un poco más la imagen de sí mismos, única guía para sus actos voluntarios (“esto soy, por lo tanto esto me corresponde hacer”). Y una creciente debilidad se apoderaba de los espíritus; era el avance del moho. Sólo Antínoo parecía aumentar en orgullo y dirigía dolorosos sarcasmos a los pretendientes que no probaban dominio sobre los esclavos de la reina; pronto lo haría contra quienes no se unieran a esos sarcasmos, pues ya eran minoría. Apenas unos días atrás, por mucho menos los ofendidos habrían desenvainado las largas espadas; ahora preferían reírse forzadamente y corregir el error, esperando que el próximo golpe cayera sobre otro. Sin darse cuenta los guerreros se convertían en militares.
   Femio comprendió que ya no era la reina sino Antínoo a quien cortejaban los pretendientes, ya no era emulación sino complicidad lo que los unía, ya no era el amor sino el poder lo que conducía la acción. Todo estaba listo para el crimen. El no era un caballero sino apenas un inspirado admirador del mundo de los caballeros; y estimó que era el momento de ir a visitar a sus parientes, en la muy lejana Quíos. Pero la oportuna amenaza de cortarle la lengua y otras partes para él no tan útiles lo retuvo en el palacio, donde debió resignarse a interpretar procaces canciones de campamento. No quedaba lugar para testigos neutrales.



Capítulo VI

Salida Política:

   Ella pensó que todos estaban tan atrapados por el palacio como sus imágenes por la tela. La trama de relaciones que los unía seguía tejiéndose fuera ya del control humano, oprimiendo a sus protagonistas como un nudo de serpientes que sin duda terminaría por estrangularlos, A veces, en el tejido, algún espíritu juguetón enreda los hilos y ni las manos más diestras pueden desatarlos; esos nudos siguen creciendo y apretándose como si tuvieran vida propia, hasta que la tejedora se da cuenta, invoca el nombre de Atenea, y los corta. Pero ahora ella estaba en el nudo y no tenía fuerza para cortarlo. Ella no, pero tal vez otro sí; alguien que estuviera fuera del nudo, alguien que tejiera otra tela más grande y para quien el nudo resultara molesto, alguien más fuerte que ciento ocho príncipes y una reina desarmada.
   La luz se hizo en su espíritu y ella reconoció la presencia de la diosa; transida de gratitud prometió sacrificar en su honor una blanca novilla. ¿Pues qué, si no una trama de modales, sostiene unido contra el Caos al conjunto de los príncipes y damas que configuran el mundo de los seres humanos?. Esa trama es la tela mayor, y esos príncipes los tejedores más fuertes. Había que conseguir que la ocupación del palacio de Itaca se convirtiera en su nudo molesto. No podrían intervenir contra los pretendientes mientras ella aceptara el cortejo; y ella no podía rechazarlo después de haberlo aceptado. Lo llevaría pues hasta su término natural, eligiendo marido; pero no según su siempre controvertible gusto de mujer, sino mediante una prueba que ningún guerrero podría rechazar y ninguno de los pretendientes cumplir; la misma prueba que su padre pusiera para entregarla en matrimonio la vez primera y que sólo el rey de Itaca pudo superar: lanzar una flecha a través de los ojos de doce hachas desmangadas clavadas el línea. Después los tejedores de la tela no permitirían que los derrotados continuaran el asedio, porque permitirlo equivaldría a reconocer el derecho de optar al poder eludiendo la prueba caballeresca. ¿”Democracia” convendría llamar a un uso semejante? Eso alarmaría bastante a cualquier príncipe.
   Los pobres muchachos que la pretendían tendrían que tragarse su vergüenza; pero merecido se lo tenían por haberla asustado como lo hicieron. Se sentía tan contenta que hasta pensó en perdonar a Melanto; tal vez bastaría con unos azotes en su caliente traserito y luego se la daría como mujer al porquerizo Eumeo. Ahora tenía que apresurarse en terminar el bordado para que nadie dijera que ella no había cumplido su parte; y para que ese odioso Antínoo no se le adelantara con alguna jugarreta de mal gusto, como asesinar a Telémaco. Una buena fecha sería la fiesta de Apolo, el arquero celeste, en la próxima luna nueva. Los heraldos llevarían la noticia a la ciudad para que hubiera muchos testigos. Ella, naturalmente, se tomaría una razonable ventaja: la prueba sería comunicada el mismo día para que los pretendientes no tuvieran tiempo de prepararse; y también para que no fueran a llegar otros héroes inoportunos, de endemoniada puntería, deseosos de medir su destreza. Además ella aportaría el arma, el gran arco de su esposo, a cuyo manejo ninguno estaba acostumbrado. Tal vez, el vestido verde y el cintillo de esmeraldas serían lo más adecuado para la ocasión. Pero la Parca había dispuesto otra cosa.



Capítulo VII

Plan Divino:

   En el día quinto de esa horrible quincena comenzaron las señales que ella no supo interpretar. Ahora sabía que revelaban la aproximación de una presencia poderosa, como el revuelo de pájaros que precede al emerger de la gran ballena. Primero llegó ese Mentes, que no se quedó para conocerla. Y al día siguiente Telémaco convocó a la Asamblea del Pueblo de Itaca (por primera vez en veinte años) y denunció a los pretendientes. No consiguió apoyo pero sí simpatía. Esa noche se embarcó en secreto hacía el continente para tener noticias de su padre, según contó después Euriclea. Ella quedó furiosa y aterrorizada: el muchacho había preferido confiarse a una tonta esclava y además había removido un mortal avispero, justo antes que ella tuviera lista la red para cogerlo. En efecto, los pretendientes se enteraron del viaje y le tendieron una emboscada. Pero Telémaco los eludió como si la propia Atenea lo guiara; y al séptimo día de su partida estaba de regreso, tan jactancioso como si ella nunca lo hubiera educado. El recuerdo la hizo enrojecer de orgullo, pues su hijo había cumplido una valiosa prueba iniciática: el viaje de noche a través del mar, por el cuadrante de la muerte; y había sido honrosamente recibido por Néstor y por Menelao, los poderosos caudillos veteranos de Troya.
   En la cena de esa noche ella mostró a los pretendientes la tela terminada. Y por única vez los turbulentos jóvenes habían concluido en silencio la velada.
   En la obscura habitación la tela parecía brillar con luz propia: los bordados de plata semejaban desnudas osamentas y los de oro arroyos de sangre. A ella se le ocurrió que el alma de Laertes se iría al Hades satisfecha, pues su cuerpo reposaría rodeado por una regia hecatombe. Veinte espacios negros había intercalado en la guarda exterior para que todas las medidas de la tela concordaran (después supo que también serían llenados). Y en el campo central la serpiente león se mordía el extremo de la cola con la cual ahogaba al caballo paloma. Entonces se dio cuenta que, sin ella proponérselo, entre los dos grandes animales había aparecido un tercero, la sombra de un enorme jabalí que se revolvía en opuesto sentido, configurada por lo no bordado. Entre todos los animales de la tela era el único de su especie; y ella sabía ahora por qué: el jabalí siempre la había recordado a su esposo, tan velludo, a la vez rechoncho y ágil, terrible en la cólera y más peligroso cuanto más acosado.
   Al día siguiente apareció en el palacio el mendigo de los hombros anchos. Por cierto, era él. Veinte años es mucho tiempo y ninguno había pasado en vano sobre su esposo; pero hay cosas que no cambian. Sin duda venía disfrazado, pues antes asaltaría en los caminos o se dejaría morir de hambre que mendigar de verdad. ¿Estarían los terribles veteranos de su ejército rodeando ya el palacio?
   Entonces vio la desesperación en sus ojos, y sintió piedad por ese hombre derrotado que era el padre de su hijo. A su manera, ruda y dominante la había amado; pero siempre amó más la aventura.
   ¿En qué lugares odiados por los dioses había perdido a los compañeros que zarparon con él hacia Troya, y el rico botín que todos decían allí conquistó? Ahora las familias de Itaca le pedirían cuenta por sus muertos y nadie lo auxiliaría contra los pretendientes. Envejecido como estaba, tal vez ni a uno solo podría hacer frente. Para no obligarlo a cometer una locura, simuló no reconocerlo. El mismo le había ofrecido esa posibilidad al presentarse bajo un nombre falso, contando una de esas entretenidas mentiras que continuamente discurría.
   Ella no había podido retener las lágrimas ante ese hombre que fingía ser otro para encubrir la vergüenza de ya no ser lo que había sido. Pero una parte de su mente se mantuvo tenazmente alerta: los machos eran animales peligrosos; y si su esposo creía que ella lo traicionaba, allí mismo podría, con una sóla mano, quebrar su cuello como una caña.
   Para dejarle una esperanza de retornar con su nombre verdadero a recuperar lo que era suyo, le anticipó su proyecto de someter a los pretendientes a la suerte del arco. Él lo aprobó calurosamente. Y ella supo que él intentaría ganar de nuevo su mano. Si fracasaba, se desvanecería en el silencio como un caballero. Nada empañaría su fama, acrecentada por el misterio de su desaparición al retorno de Troya, diez años atrás.
   Sin duda, él había enviado a Mentes por Telémaco. Era natural que prefiriese confiar en el hijo varón antes que en la esposa; pero ¿con qué fin? Si quería saber lo que pasaba en la isla le bastaba con su disfraz. Tal vez quería probar a Telémaco; no, en ese caso él mismo lo habría acompañado. Alejarlo, ¡eso era! su esposo venía a morir matando y había cuidado de poner a salvo a su hijo; sin descubrirse, pues de otro modo Telémaco quedaría deshonrado. Seguramente confiaba en la prolongada hospitalidad de Néstor y Menelao; pero el muchacho, impaciente, había retornado antes de tiempo. El padre habría querido verlo: debió estar en Pilos (el punto de arribo del hijo), con Néstor, confundido entre la multitud; tal vez reponiéndose de sus fatigas antes del combate final. Luego algo habría fallado y perdió tiempo en el cruce hasta Itaca. Ya habría ocasión de interrogar a Eumeo, que llegó con él al palacio.
   Ahora ella había salvado la vida de todos al darles la opción del arco. Sólo la molestó que hubiese bastado la llamada del padre para convertir el hijo en adulto. Por un momento echó de menos esos tiernos retozos entre ella, Telémaco y Melanto; pero el tiempo todo lo destruye. Se sintió vieja y cansada.
   Esa noche tuvo un sueño extraño: un poeta ciego que aún no nacía, cantaba la guerra maldita. Las palabras, al salir de su boca, se convertían en hilos y se confundían en las cuerdas de la cítara. Los dedos del poeta, junto con arrancar sonidos, tejían un bordado. Unos hombres sin armas lo escuchaban embelesados; eran dánaos, pero no príncipes predadores ni humillados esclavos, sino bellos, inteligentes y libres, tal como ella había querido a Telémaco. Se sintió contenta y aguzó la mirada. En el bordado del poeta muchos guerreros, entre ellos su esposo, se afanaban con las naves para alejarse de la orilla, como si los amenazara un peligro mayor que el incendio en la distancia por ellos mismos provocado. Ahora navegaban por el mar obscuro. Los dedos del poeta tejían cada vez más rápido y el viento comenzaba a soplar. Furiosos torbellinos arrebataban las naves hasta el confín de la Tierra y las introducían a un mundo que no era de los humanos. Atroces imágenes se sucedían entre nieblas y tormentas: gigantes, sirenas, dragones, todos haciendo presa de los guerreros atrapados como en un laberinto, sin poder encontrar el regreso, hasta que sólo quedaba su esposo con vida. Ella deseaba ayudarlo pues era uno de los suyos: “¿cómo, divina Atenea, se sale de un laberinto sin puertas ni paredes?”. Bruscamente, la escena cambiaba. En el bordado del poeta una araña de oro tejía una tela de plata; al terminar, la tejedora se convertía en una bella concha de caracol rosada. Desde toda la periferia, ciento ocho guerreros trepaban hacia el centro por los hilos de plata; cuanto más se acercaban más se enredaban y más lento se hacía su avance; ya estaban casi convertidos en capullos cuando uno sacaba la espada, cortaba los hilos y tendía la mano hacía el objeto codiciado; al retirarlo quedaba a la vista el centro de la tela, semejante al brocal de un pozo que se perdía en lo profundo; de allí emergía su marido descolgándose con el arco a la espalda; al momento siguiente lo tenía en su mano, probaba la cuerda y ésta sonaba como el grito de la golondrina. El sueño comenzaba a desvanecerse, la cara del poeta se ajaba rápidamente; antes de despertar, sobresaltada, ella recordaba haber visto un rostro viejísimo y algo como la garra de la Parca que cortaba todos los hilos. Así amaneció el día de la fiesta de Apolo.



Capítulo VIII

Orden Restablecido:

   Todo ocurrió según estaba previsto, salvo en un importante detalle: su hijo, como nuevo jefe de la familia, asumió por primera vez la dirección de los ritos. Lo hizo bastante bien, pero olvidó citar a los testigos para la prueba siguiente; cuando ella se dio cuenta ya era tarde, pues los pretendientes se hubieran opuesto. Después ella descendió a la Gran Sala, con el arco de su marido desmontado entre las manos, y lanzó su desafío (el vestido verde y el cintillo de esmeraldas habían causado muy buen efecto).
   Antínoo olfateó la trampa, pero antes que pudiera oponerse, Telémaco expresó su voluntad de competir; ahora los que se creían mejores no podrían eludir la prueba. Desde el almuerzo hasta la cena estuvieron intentándolo, y ninguno consiguió siquiera montar la cuerda. Antínoo había hecho circular el arma en sentido inverso a las copas, de modo que él fuera el último; se sabía el más fuerte; competiría si otro anterior superaba la prueba; pero cuando llegó su turno no vio motivo para arriesgarse: ya había ganado por ser el único no derrotado; y encontró un reversible argumento que los demás estuvieron ansiosos de aceptar: “nadie podría cumplir prueba semejante en el día del arquero celeste”. Ahora los pretendientes lo seguirían hasta donde quisiera llegar, pues nada les quedaba por perder. Entonces el mendigo pidió el arco desde la puerta donde había permanecido. Y una lluvia de insultos le contestó. Sin testigos imparciales presentes, el arma jamás llegaría hasta sus manos. Pero Telémaco habló, con una desconocida voz imperiosa, y la envió a ella al interior del palacio a ocuparse de sus tareas mujeriles. El ventarrón de carcajadas que festejó a este masculino exabrupto alivió la tensión. Y ella por fin comprendió que Telémaco estaba en el secreto y había optado por morir con su padre.
   La angustia la ahogaba, pero sabía cuál era su deber; para ese momento había sido educada: la casa real de Itaca se extinguiría con dignidad. Sin una palabra, obedeció la orden de su hijo (no podía saber que jamás, ni aun el día de su boda, fue tan bella: pálida y serena, inmensos los ojos, erguida como una caña, pareció llevarse consigo toda la luz de la sala). Antes de perderse por el recodo de la escalera, alcanzó a ver el arco en manos de su esposo; luego se cruzó con Euriclea que cerraba las puertas. La anciana canturreaba una antigua tonada de matanza (la misma que animaba a los hombres de su clan al combate, allá en las lejanas montañas del norte), su único recuerdo de infancia; y algo como el brillo del amor tenía en los ojos.
   Ahora ella esperaba su turno, en este aposento donde había agotado sus lágrimas. Sus hombres habían peleado bien, pues la espera era larga. Pero ya había cesado el espantoso rumor, ese temblor del suelo como el que se siente al paso de un rebaño despavorido, esos repetidos golpes sordos contra las cerradas puertas de roble, y esas voces lejanas como las que anuncian el retorno de los pastores. El picante olor del azufre encendido penetraba por los intersticios… el rito de purificación. Horrorizada comprendió que se reservaba para ella la muerte de las brujas. Casi gritó cuando la puerta se abrió. Como en sueños vio a Euriclea que la cogía de la muñeca y la guiaba hasta la Gran Sala, donde ya no había vestigios de sangre (no quiso imaginarse lo que habría en el patio exterior). En medio estaba de pie su hijo, bello como un dios, y a su lado el otro hombre. Ella debió sentarse para no caer: ¿así que era cierto lo que se contaba de su marido?
   La religión de la culpa aún no había sido revelada, y Penélope se echó en brazos de Odiseo, feliz como una niña a quien su padre arregla un juguete descompuesto.


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Notas:

(1) Ella decía “de Thule”, por el nombre que los trapaceros fenicios daban al lugar de donde traían, siempre de a uno, esos cuernos marfileños, largos como una lanza y retorcidos como un barreno.






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