Estudios Contemporáneos

Espacio de estudio y difusión de Humanidades y Ciencias Sociales. Fundada en Septiembre de 2009, Viña del Mar, Chile.





México hoy
Comprimido marxista sobre el Estado y la crisis estatal

Job Hernández Rodríguez*





Primera parte


  México atraviesa por una transformación de grandes dimensiones, que involucra la totalidad de sus condiciones de reproducción social, material y espiritual. Los cambios más notables son: la modificación del patrón de reproducción de capital, una nueva situación en el cuadro de las clases sociales y sus relaciones de antagonismo, la crisis de la formación estatal surgida de la revolución mexicana y la inclusión subordinada pero plena de la economía mexicana al área norteamericana. Todo esto puso en cuestión cuanto conocimos como “nación mexicana”
  Una manera rápida y condensada de nombrar las múltiples dimensiones de esta transformación es decir que México entró en una nueva fase de desarrollo capitalista, con sus consecuentes desajustes entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales vigentes. Dos fenómenos pueden ser invocados para dar cuenta del proceso: un nivel más alto de concentración de capitales que ha culminado con la consolidación de una burguesía monopólica altamente “competitiva” a nivel internacional; y una ampliación de la población que no posee nada más que su fuerza de trabajo para sobrevivir, sin importar la forma particular de relación laboral con que esta necesidad se solventa.
  En consecuencia, hay un ataque generalizado a la pequeña propiedad y a la propiedad colectiva (comunal o estatal) a través de la puesta en operación de la despótica competencia capitalista y la reactualización de los mecanismos de la acumulación originaria de capital, ambos mecanismos aprovechando el uso exclusivo por una clase de todos los recursos del estado, incluyendo el monopolio de la violencia. En este proceso destaca la destrucción de la pequeña propiedad rural, mestiza e indígena, ejidal y comunal, lo que resquebrajó el bloque histórico en el poder que integraba de manera subalterna a los pequeños productores rurales, los de la economía de subsistencia e intercambio mercantil simple de los excedentes, incorporados mediante el reparto agrario y los obstáculo jurídicos a la existencia de un mercado de tierras.
  Otra necesidad era minar el poder acumulado de la aristocracia obrera asentada en los ejes tradicionales de la acumulación capitalista, ramas industriales y extractivas, sobre todo de las llamadas empresas estatales. Esta era una condición básica para la reducción general y significativa de las remuneraciones al sector de asalariados modernos, pues dichos segmentos de la clase trabajadora eran retribuidos por encima del promedio nacional y constituían el referente de las demandas salariales del conjunto de la clase, así como de sus condiciones contractuales. El resultado es que también aquí se erosionó uno de los pilares del bloque histórico en el poder, dada la confrontación directa con los sindicatos de todo tipo, que no cesa y cuyos ejes programáticos se hallan contenidos en los proyectos de reforma a la Ley Federal del Trabajo donde se resume la utopía capitalista de un mundo sin trabajo organizado. A este resultado se llegó también por la vía de la recomposición capitalista que generó una clase trabajadora precaria y no sindicalizada como fuerza de trabajo mayoritaria.
  Las transformaciones del bloque en el poder fueron comandadas por un capital monopólico surgido al cobijo del llamado «régimen de la revolución», que era su producto más genuino a contracorriente de toda su retórica nacionalista y populista y que, como en las antiguas tragedias griegas, terminó devorando al padre. Surgida de los entresijos de una estrategia de desarrollo capitalista pretendidamente centrada en el mercado interno e impulsora de la industrialización, además reforzada con el remate de los bienes estatales, la gran burguesía monopólica fue un factor clave en el desfondamiento de la formación estatal emanada de la revolución mexicana, al actuar como «factor real de poder» o «fuerza extraparlamentaria» por excelencia, que saltó por encima de todas las reglas impuestas para la confrontación política controlada hasta declarar sin cuartel una guerra generalizada del capital contra el trabajo, una guerra de la burguesía contra la nación y una dominación sin compromisos.
  Así se minó la estabilidad política de la formación estatal emanada de la revolución mexicana, víctima mayor de la reestructuración capitalista. En el proceso visto en su conjunto, se puede apreciar el cumplimiento estricto de las leyes de la confrontación política en sociedades capitalistas enunciadas por el marxismo, en torno de las cuales terminaron gravitando irremediablemente todos los intentos por ensayar «vías originales» de desarrollo nacional sin romper con el capitalismo y de encasillar la lucha de clases al interior de una supuesto «estado neutral» o de «conciliación» comandado por un sector «nacionalista» de la burguesía. Todos esos intentos y la retórica asociada a ellos catapultaron el desarrollo del capitalismo y nos llevaron al callejón sin salida en que nos encontramos.


Segunda parte


  Junto con las dimensiones institucionales, entró en crisis la dimensión ideológica (el orden imaginario y simbólico de la dominación) sustentada en algunas proposiciones cuidadosamente construidas:

 a.- Que el llamado “régimen de la revolución” se expresaba en un estado singular o “propio” situado por encima de los antagonismos sociales, tomando un carácter neutral o de “conciliación” en el conflicto de clases.

b.- Que era el legítimo heredero de las vertientes populares de la revolución aliadas con cierta “burguesía nacional” para el desarrollo autónomo del país frente a la amenaza del imperialismo norteamericano y de las oligarquías tradicionales.

c.- Que los intereses de una clase particular, incluso de una fracción de ésta clase, eran los intereses de la totalidad de la nación, lo que significaba que la modernización capitalista en cualquiera de sus formas beneficiaba a todos y establecía los límites de la “discusión política razonable”.

  En torno de estas proposiciones gravitó fuertemente el imaginario político de amplias capas de la población mexicana y de sus expresiones organizadas, incluyendo a la gran mayoría de las opciones de izquierda, que construyeron su estrategia con la idea de incluir a toda costa en el bloque revolucionario a dicha “burguesía nacional” o a la llamada “izquierda del régimen” y redactaron sus programas expresando su intención de concluir, satisfacer de mejor manera o desarrollar el programa de la revolución mexicana.

  La crisis del estado mexicano, por consiguiente, trae aparejado el fenómeno positivo del fin de la ideología de la revolución mexicana o, por lo menos, de su debilitamiento acelerado. Poco a poco, los actos sacralizadores del estado, los rituales legitimadores del régimen, comenzaron a mostrarse como vacíos o afianzados en el aire: una a una fueron abandonadas las ceremonias y ritos que en fechas determinadas representaban en escena el pacto de dominación establecido con las clases oprimidas, explotadas y subalternizadas. La naturaleza de clase del estado mexicano se mostró desnuda, hasta desembocar en la declaración de un estado “de los empresarios y para los empresarios” y en la instauración de una democracia sostenida por las bayonetas, en una retracción al estado-fuerza donde se aprecia sin mayores esfuerzos al estado como «aparato de dominación de una clase por otra» y  como «junta que administra los negocios de la burguesía».
  El fenómeno que sintetiza todo lo anterior, y que puede ser una definición aceptable de “crisis estatal” es que la clase dominante enfrentó cada vez más dificultades para mostrarse como dirigente, es decir, para presentar su dominación como ejercida en interés de la nación o del “pueblo” en su conjunto y no en interés de una clase particular. La presentación de la dominación burguesa como en interés de la totalidad de una nación o en interés de “todo el pueblo”  es la forma particular en que se ejerce la dominación política en las sociedades modernas, dada la imposibilidad de sustentarse en la mera fuerza, en la presentación descarada de las asimetrías sociales o en el argumento teológico de la delegación divina del poder. En el caso que nos ocupa, la dominación burguesa encuentra cada vez mayores dificultades para presentarse como mando legítimo mediante los mecanismos tradicionales, incluidos los meramente simbólicos. Los antagonismos sociales surgidos de la producción no encuentran formas efectivas de ser suturados en el ámbito de la política.


Tercera parte


  En vista del desfonde general del “antiguo régimen”, vuelto una cuestión candente a partir de 1994, la clase dominante puso en marcha una reforma del estado controlada y desde arriba, expresada en el deseo de una “reforma política” o “transición a la democracia”, aprovechando que esto entroncaba con viejas aspiraciones de un amplio abanico de sectores de la sociedad mexicana, populares y oligárquicos, de izquierda y de derecha. Este proceso, alentado incluso por los Estados Unidos mediante fondos otorgados a manos llenas a organismo civiles, promovió la transición ordenada e impuso el imaginario político de la democracia liberal como el único rumbo posible para el reordenamiento de la sociedad mexicana. Su mayor éxito es la instauración de la idea de que se trata de la única democracia posible y deseable y no de la forma política más adecuada a la dominación burguesa o, dicho de forma más cruda, del perfeccionamiento de la dominación burguesa.
  Pero el relevo de las fuentes de legitimidad, ahora asentados en la libre elección de los gobernantes, entró rápidamente en desgaste hasta sufrir el descalabro mayúsculo de 2006. Ya antes, el reto planteado por los zapatistas en relación con los Acuerdos de San Andrés había servido para quitar mucho del lustre a la llamada “transición a la democracia” o, por lo menos, para visualizar sus verdaderos alcances, en este caso en un tema central de la constitución del estado mexicano: su relación con los pueblos indios, incapaz de ser modificada en los marcos de un juego parlamentario y judicial que prontamente evidenció la permanencia de sus tradicionales rasgos oligárquicos. Este y otros acontecimientos, generalizaron la idea de que no valía la pena participar en elecciones cuando los programas partidarios en temas cruciales era prácticamente el mismo, incluido el “modelo económico” o cuando el recurso del fraude electoral se podía ejercer con completa impunidad.
  La reforma ordenada, que muchos de sus corifeos hoy dan por trunca o muerta, no alcanzó para meter al país en una fase de estabilidad política duradera. Lo que se había intentado era una readecuación estatal que se correspondiera con el nuevo nivel de desarrollo capitalista que vive México. Sin embargo, la recomposición estatal entró en una fase de imprevisible resultados, con desbordes violentos de todo tipo, desde arriba y desde abajo. Y se entró en un periodo crítico por excelencia: un momento donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no alcanza a nacer.
  Se trata, sin embargo, de un interregno incapaz de ser prolongado demasiado tiempo. De manera general, el país se mueve entre dos posibilidades de futuro inmediato:

a.- La recomposición ordenada y conservadora del estado encuentra nuevas vertientes de expresión y consolida la dominación sobre nuevas bases sin cambio alguno del rumbo económico, incluyendo aquí una suerte de reedición de los estados nacional-populares conducidos por las vertientes más moderadas de la burguesía que intentan “limarle las aristas más filosas al erizo neoliberal” y contener o reconducir a su favor el descontento social.
b.- La clase dominante busca una salida hacia afuera y hacia arriba del espectro de dominación culminando la cesión de sus funciones de control al imperialismo norteamericano.


Cuarta parte


  Por supuesto que una salida más radical también se procesa en el ámbito popular o “desde abajo”. No se trata del antipoder, contrapoder, de la apuesta por “cambiar el mundo sin tomar el poder” o de un “más allá del estado y del poder”. Mucho menos se trata de la abolición directa e inmediata de la dominación y del estado, o de la sustracción de rebanadas de poder ahora pretendidamente situadas fuera de la influencia del capital. Más bien, son ensayos restringidos de nuevas formas de vivir en comunidad, organizar la voluntad soberana y administrar la vida colectiva, es decir, de refundaciones creativas de la relación de poder, incluidas las reglas de la representación política. Se trata de un poder popular y de autonomías locales, ambos de carácter predominantemente rural, que sobreviven cercadas por la ofensiva militar y que en medio del desorden general inventan nuevas formas de administración de justicia, desarrollan sus órganos de gobierno, articulan sus propios sistemas de educación, promueven sus redes de salud pública, garantizan la paz, favorecen la comunicación comunitaria, etc. Pero desarrollan un esfuerzo aislado de las fuentes urbanas de abastecimiento político, donde vive ya la gran mayoría de la población mexicana, lo que pone en entredicho su existencia futura. Pueden ser la fuente regeneradora de la vida nacional, pero lo cierto es que hasta ahora todos sus intentos por acumular y concentrar fuerza han sido contenidos. Además, no podrán eludir demasiado tiempo la confrontación definitiva, a riesgo de perecer, dado que una  máxima de oro de la confrontación política en sociedades clasistas es que el poder no se comparte en ninguna cuantía y se ejerce de manera exclusiva, lo que hace inevitable que la «guerra de posiciones» se acompañe de la «guerra de movimientos» y que todo se corone con una insurrección de corte clásico definida como «asalto a la fortaleza del estado».
  En esta situación, el casillero aún vacío de la confrontación política en México es el que corresponde al proletariado. Se trata del factor todavía ausente en la lucha de clases del México contemporáneo. Esto explica un tanto la incapacidad popular para sacar al país del bache, la insuficiencia de fuerza para operar una transformación radical. La disputa, cuyas primeras llamaradas se avistan en el ámbito rural, se resolverá definitivamente en las ciudades, con la entrada al escenario de la clase que vive del trabajo. Hablamos de una entrada real: con independencia y conciencia de clase, con organización propia, con programa específico y a través de sus formas particulares de acción.
  La hipótesis de que todo se resolverá con la entrada del proletariado y en el escenario urbano no es un artículo de fe: es resultado del análisis concreto de una situación concreta. En México, el desarrollo del capitalismo ha acelerado despiadadamente el cambio del país de rural a urbano y la proletarización de la sociedad. Vivimos una situación de desarrollo capitalista acelerado, donde el proletariado es una clase de continuo y veloz engrosamiento: más allá de las operaciones ideológicas de encubrimiento, el proletariado existe, es la clase social mayoritaria, continúa creciendo y sigue gozando de una posición determinante en la lucha.
  El problema, más bien, es remontar los resultados de la estrategia que se ha dedicado pacientemente a quebrar el poder de clase y la función el proletariado como soporte fuerte del bloque popular. La ausencia del proletariado o su peso hasta ahora irrelevante en la lucha no es un resultado natural que tengamos que ver cumplirse a la manera de la ley de gravitación universal. Es un logro de la ofensiva político-militar de la burguesía, que incluyó el frente ideológico donde obsesivamente se repitió el “adiós al proletariado” y se montaron innumerables operaciones de invisibilización de esta clase social. Por eso, la primera y elemental medida es «volver al proletariado» si queremos resolver a nuestro favor la confrontación política en el México que nos tocó vivir.



* Doctorante del Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

México al filo del agua. Acumulación de contradicciones y revolución inminente
Job Hernández Rodríguez


Nuestro destino es la lucha más que la contemplación
J.C. Mariátegui

I

Para determinar de acuerdo con las tendencias objetivas cuál será el curso probable de los acontecimientos, tenemos en el marxismo nuestro referente indispensable. Pero «nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción» que es «enemiga absoluta de toda fórmula abstracta, de todo receta doctrinaria».[1] Tomado en este sentido, se trata de un método para el análisis concreto de las fuerzas que operan en una situación histórica determinada, por lo que debe privar el principio de especificación histórica: el marxismo no trata de establecer verdades eternas o naturales, sino verdades situadas. La tarea es hallar la lógica específica del objeto específico. Mirar los hechos de frente e «introducir en la teoría la marcha viva del proceso histórico» es la única manera de evitar el anquilosamiento del marxismo y la primera obligación del marxista.[2] Es el único camino para que este cuerpo de pensamiento sea crítico, creativo y revolucionario. Esa es la senda de Lenin, Mariátegui, Mao Tse Tung, Ho Chi Minh, Fidel Castro, Che Guevara y tantos otros que no vivieron de los réditos de El capital sino que se propusieron entender el mundo que les tocó vivir para transformarlo de manera efectiva y llevaron a buen puerto la doble tarea de adaptar el marxismo a las condiciones de su realidad específica y traducirlo a la lengua de cada uno de sus pueblos.[3]

II

En el análisis de una situación determinada, debemos evaluar siempre el estado en que se encuentra la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. El campo específicamente marxista es el campo de las relaciones entre estructura y superestructura, para decirlo en términos clásicos. Dentro de esta tarea, debemos analizar perentoriamente todo el proceso de desarrollo del capitalismo para ubicar las contradicciones entre las clases sociales que dicho desarrollo genera de manera inevitable pero siempre bajo formas nuevas, a manera de principio motor de la realidad social. Por eso, el marxismo es ante todo análisis de la lucha de clases: se trata de «tener en cuenta con estricta objetividad las fuerzas de clase y sus relaciones mutuas».[4] El resultado será un cuadro completo de las distintas clases y fracciones de clase, de su composición, sus relaciones antagónicas y sus alianzas. Todo esto para apreciar los cambios que se han operado en las clases sociales, determinar con precisión las relaciones amigo/enemigo, ubicar las fuerzas motrices de la revolución y derivar estrategias y tácticas acertadas, fundadas en el desarrollo de los acontecimientos. Pero esto no se hace con un frío objetivismo sino a manera de una apasionada crítica que se lanza, en medio del fragor de la batalla, desde el punto de vista de una clase bien determinada: el proletariado.
III

En México, el cuadro de las clases sociales y sus contradicciones se ha transformado de manera significativa. Los hechos más destacables son:

1. La recomposición de la oligarquía financiera vinculada estrechamente al imperialismo y transformada en fracción dominante, dueña del estado y monopolizadora de los sectores dinámicos de la acumulación sobre todo los orientados a la exportación. Se trata de la neo-oligarquización de la economía y la política, del dominio pleno de un estrecho grupo de familias beneficiadas con los procesos de privatización, pero sobre todo beneficiada por el espectacular salto en la tasa de plusvalía derivado de la ofensiva neoliberal contra los trabajadores. Este sector es el enemigo principal, aunque no el único, para cualquier iniciativa proletaria o simplemente popular: actúa como cabeza de playa o vanguardia, cohesionando y dirigiendo al resto de la burguesía.
2. La fragmentación o pulverización de la clase trabajadora, ahora conformada por un contingente mayoritario de trabajadores con bajos salarios, sin contrato escrito, sin sindicalización, sin prestaciones, con jornadas irregulares y laborando en micro y pequeños establecimientos. Al lado de la concentración y centralización del capital, del reforzamiento de los lazos de dependencia con el imperialismo norteamericano y del recrudecimiento del poder de clase de la burguesía, el desarrollo del capitalismo en México aceleró el proceso de proletarización que se resume en la destrucción de la pequeña propiedad, urbana y rural, y en la concomitante salarización de la gran mayoría de los mexicanos. La clase que vive del trabajo es el contingente mayoritario de la población mexicana. Así, el desarrollo capitalista ha creado a gran escala la posibilidad de su propia negación. Sin embargo, el proceso adquirió una forma que dificulta la formación de la clase, el proceso de integración de todos los trabajadores del campo y la ciudad, ahora notablemente dispersos por la acción de la recomposición capitalista que les precarizó y destruyó sus organizaciones gremiales, comunitarias y políticas. Asimismo, la particular forma de desarrollo del capitalismo anuló, por lo menos temporalmente, la posición estratégica del proletariado que devenía de su concentración -ahora inexistente- y de las potenciales tareas educativas que desempeñaba el gremialismo, -ahora criminalizado- como primera escuela de formación política. Todos estos procesos fueron dirigidos a minar las condiciones de soporte de la clase y por tanto, la condición estratégica de los trabajadores en el bloque popular. De eso precisamente se trataba el neoliberalismo como estrategia contrainsurgente: de disgregar a la clase que mejores condiciones tiene para articular el bloque popular y de restarle las posibilidades insurreccionales que en un momento determinado puede poner en operación. La pérdida de relevancia de la clase obrera no es únicamente un «dato de la estructura» sino el resultado de una estrategia política concreta, a la que contribuyó el «adiós al proletariado» machaconamente repetido por los intelectuales que abandonaron las filas del socialismo y se afiliaron a la «reflexión desde la derrota».No obstante, la clase trabajadora sigue siendo la fuerza fundamental de la revolución del porvenir: ningún intento serio por transformar las condiciones existentes puede prescindir de ella o desdeñar su papel. Más aún, los límites de las iniciativas revolucionarias hasta ahora desarrolladas tienen su explicación esencial en esta factor todavía ausente.
3. La destrucción de las condiciones de producción y reproducción material y espiritual de la clase campesina, amenazada de muerte como nunca antes, desprovista ahora de los diques de protección surgidos de la revolución mexicana, específicamente de la sustracción de la tierra de los circuitos del capital. La reactualización de los mecanismos de la acumulación primitiva, centrados en la depredación de las tierras comunales y ejidales, es un hecho que modificó radicalmente la morfología de esta clase introduciendo, por ejemplo, su movilización general hacia los Estados Unidos y su vuelta a la insurgencia armada. Debido a la forma en que se configuró el desarrollo del capitalismo y las contradicciones de clase que generó, la iniciativa revolucionaria viene sobre todo, nuevamente, del mundo rural y se articula en una estrategia de guerra prolongada y de desgaste, dado el momentáneo repliegue del proletariado urbano de cualquier tipo. Al interior de la izquierda extraparlamentaria, todos los grupos con capacidad de dirección y con autoridad moral son predominantemente rurales, además de armados. Los campesinos e indígenas son, por tanto, el sector mas decidido en la lucha.

En esta modificación del cuadro de las clases sociales fundamentales se trasluce la disgregación del México surgido de la revolución mexicana, incluida una cierta forma de relación entre clases dominantes y subalternas que puede ser llamada nacional popular o nacional revolucionaria y que ha sido alterada de tal manera por el dispositivo de guerra de la recomposición capitalista que todo intento por resucitarle es completamente ilusorio. La correlación de fuerzas hasta entonces existentes ha sido modificada poniendo en cuestión todo tipo de reedición del pasado, incluido cualquier intento de conciliación entre las fuerzas en pugna.

IV

El análisis anterior de las fuerzas en contradicción se basa en la idea de que es importante no desembarazarse de «los demasiado incómodos compromisos de analizar las raíces estructurales de una situación política».[5] En realidad la ventaja de la política marxista está fundada en la necesidad de averiguar «como nace el movimiento histórico sobre la base de la estructura», lo que equivale a explicarse la formación de grupos políticos activos.[6] En el caso del fenómeno estatal, estudios recientes han precisado la manera en que «la gran transformación mundial que empezó a abrirse paso en el último cuatro del siglo XX rompió los soportes, acuerdos y equilibrios en que se sostenía la constitución estatal mexicana». Se trata de «la desintegración del complejo de relaciones sociales que nutrieron una constitución estatal: una forma específica de la relación mando/obediencia y una configuración hegemónica».Los fundamentos del estado mexicano estarían en cuestión: la exclusión de la tierra de los circuitos del capital, el control estatal de la renta petrolera, el equilibrio frente a Estados Unidos, por ejemplo.[7] Para algunos, se trata del cuestionamiento de los fundamentos mismos del estado nacional mexicano construidos en el arco histórico abierto con las reformas liberales juaristas. Para otros, más que la disolución o fragmentación del «Príncipe mexicano» en cuanto tal, se trata de un proceso de crisis y recomposición: atravesamos un periodo liminar que puede concluir con la tercera gran transformación estatal en México o con el agotamiento y destrucción de todas las fuerzas en pugna. La primera gran transformación habría visto nacer al estado liberal-oligárquico que dominó la escena entre 1867 y 1914; la segunda concluye con el establecimiento del estado nacional-revolucionario, que se construyó entre 1915 y 1938 y que rigió sin mayores sobresaltos hasta 1982. A partir de esta última fecha, se abre un proceso en que predomina el elemento de «crisis del estado en su conjunto».
En todo caso, no hay que olvidar las iniciativas de recomposición de la relación mando/obediencia, venidas desde arriba o desde abajo del espectro social. Al lado de la disolución o crisis del estado existen los procesos de recomposición. Y no sólo la recomposición proveniente de las clases dominantes a manera de restauraciones, conservaciones o contrarrevoluciones, sino la recomposición proveniente de los explotados y oprimidos cuya creatividad se sintetiza en la generación de «estados de nuevo tipo» entendidos como nuevas formas de vivir en comunidad, de organizar la voluntad soberana y de administrar la vida colectiva. Se trata, entonces, de no olvidar que un momento crítico está determinado tanto por el fracaso de la clase dirigente como por el hecho de que vastas masas pasan de golpe de la pasividad política a una cierta actividad, separándose de los partidos tradicionales y planteando reivindicaciones que «en su caótico conjunto constituyen una revolución».[8] En México esto ocurre a mediados de los noventa, cuando la apertura de un nuevo ciclo de luchas populares se habría sumado a la fragmentación del bloque de poder que se venía arrastrando desde 1988. Pero la fuerza no ha dado para mucho: la verdad es que vivimos un momento histórico en que la moneda está en el aire: si bien los de arriba no pueden dominar como antes, los de abajo no alcanzan a afianzar su proyecto, o dicho de otra manera, es un periodo en que «muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo». Es en la característica de ser un proceso aún abierto donde reside la peculiaridad del periodo histórico que atravesamos: ninguna fuerza o combinación de fuerzas ha podido constituir un proyecto hegemónico de nación.

V

La historia de las sociedades no es un proceso que transcurra siguiendo una línea recta, continua y siempre ascendente. Ni está formada por segmentos de tiempo iguales en densidad y velocidad. Se trata de un movimiento que discurre a saltos, «a través de catástrofes y revoluciones, que son otras tantas interrupciones en el proceso gradual…».[9] En el devenir de la sociedad capitalista existen sobresaltos, puntos de inflexión, mojoneras que marcan momentos de crisis, de resolución y redefinición en que la historia se densifica y acelera. Son momentos en que se define si el organismo capitalista vive o muere, por lo menos en la forma hasta entonces conocida. Si al resquebrajamiento de un cierto modo de acumulación y de una cierta formación estatal se agrega la irrupción en la política de «nuevos» segmentos de las clases populares hasta entonces excluidos de la lucha por el poder, entonces tenemos una situación revolucionaria: un tiempo social de máxima complejidad donde «la incesante y lenta acumulación de los siglos estalla en una erupción volcánica… uno de esos raros momentos en que la sociedad está a punto de ebullición y es, por tanto, fluida».[10] Se trata de momentos históricos en que «veinte años se condensan en un día» y «millones y millones de hombres aprenden en una semana más que en un año de entero de vida rutinaria y soñolienta porque entonces se ve con especial claridad qué fines persiguen las distintas clases sociales, de qué fuerzas disponen, con qué medios actúan».[11]
No obstante, una distinción importante es aquella entre época revolucionaria y situación revolucionaria, distinción necesaria para no «ignorar todo el problema de las precondiciones concretas para una situación revolucionaria al afirmar abstractamente el carácter revolucionario del periodo mismo».[12] Hace tiempo que vivimos una época revolucionaria, en el sentido definido por Marx en el Prólogo de 1859 como lapso histórico en el desarrollo de una sociedad en que «las fuerzas productivas materiales entran en contradicción con las relaciones de producción existentes».[13] Pero sólo la conjunción de otras condiciones, provenientes de la esfera de la voluntad organizada de los explotados y oprimidos, puede provocar una situación revolucionaria, un momento de resolución del conflicto de clases. «Sólo cuando los de abajo no quieren y los de arriba no pueden seguir viviendo a la antigua, sólo entonces puede triunfar la revolución».[14]
En México, las contradicciones derivadas del desarrollo capitalista se acumulan en el punto histórico que hoy vivimos. Tanto en el imaginario popular como en el imaginario de la clase política y los publicistas de variado tipo aparece la crucial importancia del año 2010 y de lo inminente de un estallido social que corone el desarrollo de los acontecimientos hasta ahora seguidos. Aunque las revoluciones no se crean a voluntad ni se repiten cíclicamente, México parece acercarse a un momento de resolución de las contradicciones acumuladas. Por lo pronto, estamos al filo del agua, hay atisbos de tiempo huracanado, una sensación de agua con viento previa a la tormenta y todas las fuerzas sociales y políticas se hallan en tensión. Más aún, es de esperarse que, conforme la más reciente crisis económica avance, los antagonismos se radicalicen, un conjunto de mediaciones sociales sea destruido y el conflicto tome un cariz más abierto: Cada vez es más claro el agotamiento del margen para que los desajustes entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción se arreglen conservando la línea gradual de la evolución histórica.
Por lo tanto, es necesario tomarle el pulso a los acontecimientos, «medirle el agua a los camotes», desarrollar una mirada teórica y política centrada en la revolución inminente, que describa la acumulación de las contradicciones sociales, haga el mapa de las fuerzas en lucha y contribuya a resolver los problemas candentes del proceso revolucionario para que la explosión no se diluya, sea contenida, dirigida a otros fines o termine derrotada. Nuestro arte consiste en saber valorar con exactitud el surgimiento de una situación revolucionaria, que es el momento fundamental para operar sobre la realidad y hacer historia. En este sentido, nada es más vano que intentar exorcizar la tempestad con propuestas peregrinamente destinadas a atenuar las contradicciones. La posibilidad de una revolución es un hecho que no depende de las voluntades individuales: es el resultado objetivo del desarrollo capitalista. Además, nuestra profesión no es vender recetas para detener la historia. Nuestra posición es la del campesino que observa con esperanza los nubarrones y susurra una plegaria para que las aguas se desaten con fuerza.



[1] V.I. Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, Obras escogidas, T. 3, Ed. Progreso, Moscú, 1979, p. 394.
[2] Georg Lukacs, Lenin (La coherencia de su pensamiento), Ed. Grijalbo, México, 1970, p. 13.
[3] V.I. Lenin, Informe presentado al II Congreso de toda Rusia de las organizaciones comunistas de los pueblos de Oriente, Obras escogidas, T. 3. p. 305, 306.
[4] V.I. Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, p. 361. También Lenin, Carlos Marx (Breve esbozo biográfico con una exposición del marxismo), en Obras escogidas, Tomo 1, Ed. Progreso, Moscú, 1960, p. 50.
[5] Alejandro Pizzorno, «Sobre el método de Gramsci. (De la historiografía a la ciencia política)», en Gramsci y las ciencias sociales, Ed. Pasado y Presente, Córdoba, 1972, p. 50.
[6] Antonio Gramsci, Obras de Antonio Gramsci. Tomo 3. Cuadernos de la cárcel: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Juan Pablos Editor, México, 1975, p. 133. Se trata del Cuaderno 11; Ver, Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Tomo 4, Ed. Era, México, 1999, p. 281-282.
[7] Rhina Roux, El príncipe mexicano. Subalternidad, historia y estado. Ed. Era, México, 2005.
[8] Gramsci, Obras de Antonio Gramsci, Tomo 1. Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el estado moderno, Juan Pablos Editores, pp. 76, 77. Se trata del Cuaderno 13, «Notas breves sobre la política de Maquiavelo», en Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Ed. Era, México, 1999, p. 52.
[9] Lenin, Carlos Marx (Breve esbozo biográfico…), en Obra escogidas, Tomo 1, Editorial Progreso, Moscú, 1960, p. 32.
[10] C.L.R. James, Los jacobinos negros. Toussaint L'overture y la revolución de Haití, Ed. FCE, México, 2003, p. 18.
[11] V.I. Lenin, Las enseñanzas de la revolución, en Obras escogidas, Tomo 2, Ed. Progreso, Moscú, 1960, p. 217.
[12] Perry Anderson, Las antinomias de Antonio Gramsci. Estado y revolución en Occidente, Ed. Fontamara, Barcelona, 1979, p. 91.
[13] Karl Marx, «Prólogo» de la Contribución a la crítica de la economía política, Ed. Siglo XXI, México, 2003, p. 5.
[14] V.I. Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, en Obras escogidas, Tomo 3, Editorial Progreso, Moscú, 1979, p. 405.
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