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Claudio Díaz Pérez - La Dama en el Umbral

Escrito por Webmaster el 25 dic. 2010 | 7:34




Claudio Díaz Pérez
La Dama en el Umbral




“…hay entre nosotros señas
que los demás ignoran…”


Odisea, Canto XXIII
 

Capítulo I


El oficio del guerrero:

Lentamente se disipaba la bruma rojiza, mientras un cansancio enorme lo invadía. Sólo podía mover brazos y piernas pensando en hacerlo. Y eso reforzaba la sensación de ser su cuerpo algo ajeno, como el caballo para el jinete. Era un buen caballo de guerra su cuerpo: viejo, pero al modo de las cosas muy confiables, esas que parecen más capaces de perdurar cuanto más ya lo han hecho; y hermoso, como todo lo que cumple bien su función.

Mirando sus brazos descubrió una herida propia entre la sangre ajena; debió ser la lanza del Polictórida, que pasó tan cerca. Sus recuerdos próximos se desvanecían rápidamente, como al despertar en mitad de un sueño. Hizo un esfuerzo para retenerlos; sabía que por años los hombres hablarían de esa matanza.

Entonces lo inundó la tranquila satisfacción de haber estado a la altura de su fama. Y, ya sin odio, se vio a sí mismo de nuevo en la Gran Sala, enfrentado a la multitud de los pretendientes. Eran tan bellos y fuertes como a él le gustaría volver a ser. Antínoo y Eurímaco, semejantes a dioses, eran más incluso de cuanto él lo había sido; y el segundo había exhibido un magnífico valor. Pero eran tan inexpertos. Bien sabía la artera Penélope (por habérselo él comentado) que ese arco, como todos los de cuerno, era ligeramente asimétrico y, sin una adecuada torsión de la muñeca, resultaba imposible para un hombre solo armar su cuerda. Sin sorpresa recordó su propio perfecto disparo a través de las doce hachas desmangadas. Siempre que entraba en combate le sucedía lo mismo: las armas parecía dirigirse solas hacia el recto destino y sus adversarios parecían moverse tan lento como si estuvieran sumergidos en agua hasta el cuello, de modo que él podía anticiparse a todos sus golpes. Era curioso que otros no percibieran esa lentitud. “Magia de Atenea” era la serena explicación de Néstor, quien sin duda era muy sabio o de otro modo no habría vivido tantos años; pero la diosa no engañaría a sus protegidos haciéndoles creer que eran más rápidos. Cualquiera fuese la explicación, ni aún con esa mayor velocidad hubiera escapado esta vez de la muerte, en aquel espacio tan reducido, si en lugar de ciento ocho novatos hubiese tenido en frente a diez veteranos de Troya. El Pélida mismo nada hubiera podido contra tantos, antes que el pánico hiciere de aquellos su presa; pero esto jamás lo hubiera reconocido ese arrogante carnicero, acostumbrado como estaba a avanzar por el campo precedido de su fama, el más invulnerable de los escudos. La administración del pánico, el secreto de las batallas…

Fue una buena idea su exhibición previa de puntería; y también lo fue matar en primer lugar a los líderes naturales, que hubiesen podido organizar una reacción colectiva de los pretendientes. Eurímaco casi lo había conseguido: su proposición de parapetarse con las mesas y atacar al arquero todos a una, no podía ser más correcta. El muchacho sólo había fallado al no prever la natural vacilación de sus compañeros: atacó antes que estuvieran listos para seguirlo y eso le costó la vida. ¿Acaso nadie le había enseñado que los gritos de guerra pueden servir para hacer de una multitud un grupo, dando un ritmo único a todos sus miembros? Anfínomo fue un caso diferente: era un caballero y no un líder; atacó a sabiendas que iba a morir, sólo impulsado por la vergüenza de haber vacilado en el momento oportuno. En Troya esos cayeron a montones, para sustentar la fama de los nacidos con los dones del águila, que nos cebamos en ellos. Pero Antínoo era el peligro mismo y debió morir sin hablar (la primera flecha le cosió la garganta a la cerviz); dominador como el león y astuto como la serpiente, pudo perfectamente pensar en las copas… ciento ocho pesadas copas de oro arrojadas por otros tantos brazos fornidos: una sola que diera en el blanco y el arquero quedaría inválido; luego las espadas de bronce harían su trabajo y la sombra de Odiseo estaría siendo para siempre la irrisión del Hades. Recordó cómo la desesperación y la ira crecieron dentro de sí al darse cuenta del error cometido. Diez años antes no hubiera olvidado hacer despejar las mesas, con alguna estratagema, antes de comenzar a matar. Fue entonces cuando penetró en la Gran Sala esa bruma rojiza que sólo podía ser la presencia de la diosa (nunca faltó en sus más empeñados combates), y todos comenzaron a moverse lento, y ese grito que acallaba a los otros ruidos era su propio grito de guerra, y el arco disparó hasta la última flecha sin fallar ni una sola, porque en cualquier momento alguno podía pensar en las copas y, aunque sólo quedaren diez, su alma estaría perdida. Luego Telémaco llegó con los escudos (por tercera vez en esa noche su hijo le salvaba la vida) y se dio la carga final. Los últimos casi rogaron por la muerte que los liberaría de su pánico. A veces daba asco ser un héroe…


Capítulo II


El secreto de Odiseo:

Las esclavas ya se habían presentado. Un tímido y emocionado rebaño que venía de pasar horas de angustia sin saber cuál sería su suerte. Sólo doce, las que llevaban en sí la simiente extraña, fueron ejecutadas; eran las más jóvenes y bellas y habían sido recibidas en el palacio después de su partida (su mujer siempre tuvo buen gusto). Por cierto, no eran culpables; pero un esclavo tiene la vida en préstamo y ahora ésta se les demandaba para encubrir la ligereza de su ama.

Su hijo había vacilado ante la belleza morena y salvaje de Melanto; pero la muchacha sólo tenía rencor en la cara y ni siquiera lo miró; hubiera sido una buena esposa para un rey bárbaro. Telémaco hizo bien apretando rápido el lazo en su cuello. Ahora las restantes esclavas, aliviadas y felices, halagaban al vencedor, con esa inmediata aceptación de lo irremediable que es atributo de la mujer y sin el cual la guerra habría podido más que la vida.

Pero Penélope nació reina y se tomaba su tiempo. Sin pensarlo mucho él había querido sacar ventaja recibiendo a su mujer en la Gran Sala, el campo de la hazaña. Demasiado tarde recordó que con Penélope todo intento de presumir era inútil. Y sin embargo ¿no tenía él derecho a esperar que esta vez al menos, después de tanto Caballo de Troya, cíclopes, sirenas y pretendientes masacrados, ella viera en él eso que él quería mostrar de sí?; esa imagen suya, exigente como una amada celosa, para mantener la cual se veía obligado a forzar el ingenio y arriesgar la vida; esa imagen sin la cual era Nadie (como supo Polifemo cuando lo tuvo en sus manos); sólo un hombre como cualquier otro, sin más mérito que otro para entrar al lecho de Penélope.

Como una lanza bien apuntada lo traspasó el dolor de no existir, necesario, en la tibia luz de esos ojos queridos. Cierto que ella había sido suya, pero como pudo serlo de cualquiera con quien su padre la hubiera desposado. Ni aun en el placer despojada de esa elegante reserva que en otras ocasiones era su delicia, como cuando sentada en la Gran Sala escuchaba atenta la conversación de los varones (eso era antes de la partida hacia Troya), tan discreta que no parecía estar presente, pero tan necesaria que cuando faltaba la conversación moría. Nunca más próxima ni más distante, apasionada sólo en los ritos de la divina Artemisa, la libérrima.

¿Qué hechizo había en esa mujer, que estando entre otras era la última en ser mirada, pero hacia la cual después la vista, una y otra vez, sola se volvía? ¡Y ese aroma, leve y seco, de su piel! Otros conocía, embriagadores vinos de Afrodita, complemento perfecto para un momento de olvido; pero éste solo persistía, en alta mar o entre los cedros, cuando ya no sabía dónde estaba Itaca.

¿Cómo, poderoso Eros, sorprender a la que daba por sentado que la hazaña era el oficio de su marido, tan naturalmente como si sólo de trazar rectos surcos de arado se tratase?

Recordaba la mirada con que ella apoyó la petición de Agamenón, cuando éste vino en busca de ayuda para rescatar a Helena cautiva en Troya; y no obstante su mujer odiaba a Helena, la primera pretendida; pero, claro, la buena educación exigía no desairar a un rey tan poderoso como Agamenón lo era. ¡Un obcecado y autoritario vaquero, cuyo pésimo comando alargó diez años la guerra y permitió a Troya dilapidar su tesoro en la obtención de aliados, dejando sin botín a los dánaos! El hubiera esperado un poco, hasta que Agamenón ofreciera mejores regalos; pero no quiso parecer menos heroico a los ojos de Penélope: ¡ella se entretenía tanto cuando él contaba sus hazañas!... algo exageradas, tal vez, pero no era su culpa tener el don de contar historias.

Hasta que en uno de esos largos días de Ogigia, comprendió que no era la hazaña sino el cuento lo que Penélope amaba, la música de las palabras, las imágenes evocadas por éstas y las extrañas ideas que de esa traman surgían como ventanas abiertas en el duro mundo de las cosas. Si él lo hubiera descubierto antes no habría emprendido nunca ese maldecido camino del oro de occidente, temeroso de llegar con las manos vacías al regreso de Troya. Y ahora Euríloco y Antífo y los otros buenos compañeros estarían con él; y él no se habría visto obligado a matarlos para que no lo devoraran dormido, convertidos por el hambre en espectros, en esa balsa construida con los restos de las naves, a la que llamaron “Medusa” por su aspecto abigarrado. La idea del horrendo festín nació de Elpenor, el primero cuya sombra plañidera retornó en la noche. Esa noche desde entonces repetida en sus sueños, cuando el Hades abrió sus puertas y las sombras de los muertos se congregaron en la balsa que comenzó a hundirse bajo su peso y él, por primera vez más lento que todos, las fue echando al viento una a una con la punta de la espada, temiendo a cada instante pasar de largo o ser cogido por la espalda, mientras nuevas centurias de sombras llegaban. ¡Oh Zeus, a cuántos hemos matado! La última fue su madre, Anticlea, que sólo probó el bronce después de intentar morderlo en el tobillo con su querida boca desdentada; pero él necesitaba toda su sangre si quería conservar la esperanza de volver hasta Penélope. Despertó en brazos de aquella saludable muchacha pescadora; Nausicaa, o tal vez Calipso, se llamaba y sería buena madre para esa progenie que él nunca vería. Por ella supo que los hombres de la aldea lo respetaron al no poder arrancar la espada de su mano agarrotada (tampoco descubrieron las barras de oro amarradas bajo el fondo de la balsa). Sólo más tarde, cuando entregó un mechón de sus cabellos en ofrenda a los muertos, vio que el mechón era blanco como vellón de oveja. No era ésta la historia que su mujer conocería.

Pero ahora había que hacer justicia: “¡Maldición, Euriclea!, ¿qué espera tu ama para venir?”


Capítulo III


La prueba de Penélope:

Ella descendió a la Gran Sala y ocupó su lugar habitual con la naturalidad de la que siempre ha sido espectáculo.

Los años la habían trabajado como a un vino. Lo que su piel perdiera en tersura, ella lo había ganado en expresividad, y ahora su rostro resultaba más cambiante que un cielo de primavera en Kimeria. Eran tan sutiles los estados de ánimos reflejados, que él no lograba encontrar en ellos una respuesta a sus dudas. Vestía de diario. ¿Querría indicarle con eso que nada había cambiado o, más bien, evitar el patético efecto que causarían ornamentos reales si resultaba condenada?

Se lo quedó mirando en silencio, sin bajar los ojos, pero sin desafío, sólo transfiriendo a él toda iniciativa (su estrategia de siempre), como si contuviera en ella reservas infinitas de paciencia, como si no fuera ella quien debía justificarse por haber atraído al palacio a los pretendientes (pues no llegan por azar ciento ocho príncipes en una misma fecha, ni se quedan tres años si son rechazados).

¿Cómo lo había hecho? Las esclavas nada sabían. Y aún faltaba la pregunta más importante: ¿por qué lo había hecho? Ella no podía sin escándalo abandonar el palacio ni recibir a un amante; pero era sobradamente lista para saber que el mejor modo de ocultar a un hombre es en el seno de una multitud. ¿Qué artes había aprendido para evitar la preñez? ¡Roña de navíos! El podría comprender algún discreto desliz en veinte años de soledad; pero no soportaría que se diera a otro de menores merecimientos un interés que a él se le había negado. ¿No habrá, dioses inmortales, otra explicación? Ciertamente no pudo tratarse de un desesperado plan femenino para la defensa del reino, pues ningún intento de usurpación hubo en Itaca hasta mucho después de la llegada de los pretendientes (todos concordaban en ello); y en cualquier momento de los últimos diez años se pudo obtener que el poderoso Néstor (en Pilos, a sólo horas de navegación) enviara a uno de sus muchos hijos al palacio de Itaca, para que a nadie cupiese dudas sobre la protección que dispensaba a la familia de su buen amigo Odiseo. Además Telémaco había probado ser todo un lobezno, perfectamente capaz de cuidar de sí (ese era un punto a favor de la madre, que lo había educado). Sólo ante la corrupción brotada en el corazón del palacio, el muchacho había quedado inerme; pero lo mismo le ocurrió al experimentado Agamenón. Hasta una simple mujer pudo percibir estas cosas, como también el peligro de mantener reunido un tropel de machos en celo.

¿Qué secretos ocultaba ese bello rostro reservado? Pero estas preguntas no se podían hacer sin garantía de respuesta satisfactoria, pues ponían en juego la vida de Penélope o la imagen de Odiseo; y él no sabía cuál de las dos era más su vida.

Tampoco bastaba el silencio, pues más de cien príncipes habían entrado al palacio y ninguno había salido. Sólo con palabras podía cerrarse tal discontinuidad en los hechos o ya no se pertenecería a la comunidad humana; era inevitable un juicio y él era el juez, o lo sería la Asamblea del Pueblo de Itaca. No podía indefinidamente seguir matando para encubrir a su esposa. Toda palabra ahora pronunciada sería irrevocable, y él por primera vez en su vida no encontraba la adecuada. Algún dios adverso debía estar riéndose. El, que a tantos había engañado, tenía ahora que intentar engañarse a sí mismo. ¡Y esta exasperante mujer, persistiendo en su silencio como si creyera hallarse en una simple disputa doméstica sobre los estúpidos pavos reales que devoró el pobre Argos!

¿Acaso no comprendía que si él hablaba primero, ella tendría que probar su inocencia; y si no lo lograba ¡llévenme las Erinnias! él la colgaría junto a las esclavas? Y si era inocente ¿por qué no se anticipaba con la explicación y evitaba la indignidad de ser cuestionada?

Ella sin duda sospechaba lo que él estaba pensando, pues, de otro modo, al menos lo hubiera saludado; pero, claro, no hay bienvenida más adecuada que el silencio, para el que llega como juez de un secreto que se quiere guardar.

La ira comenzaba de nuevo a golpear en sus sienes (respuesta a la incerteza) y una sombría determinación le crecía en el pecho. Pues bien, ya que sólo como amenaza él existía para ella, al menos en eso le probaría que no tenía rival.

Pero Telémaco había hablado. Debió censurar la contención de su madre, pues ésta respondía: “si verdaderamente es Odiseo que regresa a su casa, ya nos reconoceremos mejor, pues hay entre nosotros señas que los demás ignoran”…

La rica voz de la mujer aventó su ira, como la brisa del mar se lleva los hedores de la batalla. Y un deseo de reír como no lo tenía desde niño, le llenó del pecho cansado. Ella lo invitaba a transar. Conociéndola, sabía que eso era lo más próximo a una rendición que obtendría de su mujer sin destruirla. Pero toda transacción implica una oferta. Y ahora los ojos de Penélope eran una sola anhelante promesa.

Ese chiquillo maravilloso, en su inocencia había interpretado la orgullosa cautela de su madre ante el juicio inapelable del esposo, como un simple problema de identidad; y eso había permitido a ella, en la respuesta al hijo, enviar un mensaje al padre. ¡Ja! La astuta zorrina debió descubrirlo ya en la noche anterior, cuando se presentó a ella disfrazado de mendigo.

Con un fugaz calor en las orejas, recordó que nunca pudo estar seguro de haberla engañado con sus mentiras y que ella siempre tuvo la discreción de no sacarlo de esa duda; pero ahora había mucho más, algo que era escandalosamente ingenioso contenido en la respuesta de su esposa. Si él aceptaba la transacción, ella sería el juez; y entonces se la presumiría por encima de toda sospecha, pues sólo reconocida como justa reina podría Penélope reconocer con justicia a Odiseo en el recién llegado. Debió ser Hermes, el maestro de las transmutaciones, quien inspiró las palabras de Telémaco. ¡Dios del áureo cayado, tuyo es el mejor chivo de mis rebaños!

Por cierto, nadie conocía a Telémaco tan bien como Penélope. Sería muy propio de ella haber esperado tranquilamente que la paciencia del hijo cediera frente al silencio antes que la del padre… No temas por tu chivo, Hermes; ya me ayudarás en otra ocasión, cuando nuestro oponente no sea esta sirena invertida.

Cantando en su corazón, él dispuso que las esclavas simularan una fiesta de boda, con toda su danza y alboroto: sólo una estratagema bélica destinada a que los vecinos no sospecharan la ausencia de los pretendientes.

Luego fue al interior del palacio para bañarse y vestir elegante túnica: sólo parte del aceptado juego de reconocimiento con su esposa. Pero cuando tornó a la Gran Sala cayó en la cuenta de encontrarse en pleno reino de la mujer. Nada recordaba la hazaña viril que lo precediera; él mismo, con la barba y la melena rizadas y perfumadas, sentíase como uno más de los pretendientes. Empezaba a comprender los tres años que para ellos pasaron como un solo día; y el desesperado intento de Antínoo por retornar a la historia. Como un silbido de alerta en la niebla, brotó en su mente la sospecha de estar entrando de nuevo en el cepo de los dioses; pero él nunca echó pie atrás.

Los ojos de Penélope reían cuando lo sometió a la prueba de identidad: describir el gran lecho matrimonial que él mismo construyera en un solo cuerpo con la alcoba y el olivo del centro del patio interior; una prueba que cualquier cómplice de adulterio podría superar; pero, por lo mismo, una broma demasiado grosera para que ella la hiciera si fuese culpable; de sobra sabía que no obtendría otra explicación de su esposa. Entonces ella corrió a sus brazos, con leve gesto de pájaro. ¡Oh dioses, qué bien calzaban sus cuerpos! Y el resto de la noche fue como una lenta lluvia de flores.


Epílogo 

Temprano, al amanecer, mientras Penélope tornada en niña aún dormía, Odiseo dejó el lecho, cogió el más pesado de los remos y echó a andar. Cuanto más se alejaba de Itaca más ágil se hacía su paso. Liviano el corazón y despejada la mente, una brisa fresca como el aleteo de la Fama le alborotaba el cabello.

Una nueva idea pugnaba por nacer: diez hombres hombro con hombro, los escudos formando un muro y por encima las lanzas apuntadas; ante ellos hasta el Pélida revivido se vería obligado a maniobrar. Si en vez de diez fueran cien o mil, avanzando a compás como un equipo de remeros… ¿”Falange” convendría llamar a un orden semejante? Entonces, bastaría un ejército de simples labradores para sacar del campo a todos los héroes; y también del trono a todos los reyes. ¿”Democracia” habría que llamar a tal desorden?

Pero con sólo diez mil (una fracción de los que fueron a Troya) se podría llegar hasta el fin del mundo y saquear Babilonia… ¿no sería el capitán que los mandare, como un semidiós más grande que un rey?






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