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El Cristo roto y el lumpenfascismo

Escrito por Webmaster el 17 jun. 2016 | 17:45



Lucy Oporto Valencia
oportolucy@gmail.com


pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.

Lc 22, 53                                                                          


  El jueves 9 de junio de 2016, tuvo lugar una nueva movilización estudiantil, a propósito del proyecto de reforma de la educación superior, actualmente en discusión. Ese mismo día, la rotura de una cañería matriz de Aguas Andinas provocó una gran inundación en Santiago, haciendo colapsar la ciudad.

  Durante esa movilización, un grupo de encapuchados saqueó la Iglesia de la Gratitud Nacional, construida entre 1857 y 1883, y considerada monumento nacional, la cual ya había sufrido, anteriormente, otros atentados. Dicho grupo sacó, además, la imagen de un Cristo crucificado a la calle y la hizo pedazos. Estaba en un velatorio, pues ya había resultado dañada con ocasión del terremoto de 2010.

  Era como presenciar el descuartizamiento de una persona viva. Y era Cristo crucificado de nuevo, esa tristísima figura indefensa, a manos de los encapuchados y su monstruosa ignorancia encolerizada, alimentada por la sociedad de consumo y su retórica del progreso de la nación.

  Pues los encapuchados no constituyen un sujeto histórico, ni una fuerza revolucionaria o de avanzada, ni la vanguardia de un movimiento de liberación, dispuesta a destruir el orden establecido para construir uno nuevo. Son, cabalmente, la escoria de la sociedad de consumo, la realización, consumación y apoteosis del lumpenfascismo, término que designa la transversalidad reproductora de la dominación y de la descomposición social en curso, encubierta por discursos que celebran la inconveniencia de pensar, la liberación de los instintos, la disolución en lo indiferenciado y el activismo irreflexivo. Son consumidores voraces insatisfechos, adictos a su violento deseo de acceder al privilegio no sólo del poder de compra, sino también de la destructividad e impunidad de los amos.

  Ahora bien, más allá de las Iglesias, sus aliados, y la defensa de sus mezquinos prestigios corporativos en función de su exclusiva sobrevivencia, la tristísima imagen de ese Cristo roto por la furia consumista del lumpenfascismo, era una terrorífica visión del vacío del alma y la extinción del espíritu que constituyen el oscuro devenir del Chile de la postdictadura, cuya descomposición supura, cada vez más cerca del límite que lo separa de una abierta voluntad de matar por diversión o aburrimiento, en conformidad con ese vacío y garantizada por él. Aun cuando las Iglesias hayan entrado en una fase de descomposición y decadencia, tal vez sin retorno, la imagen de Cristo continúa siendo un símbolo real de perfección, bondad, verdad, belleza, amor, misericordia, justicia y nobleza. Y continúa siendo una encarnación del Espíritu, la única fuerza capaz de otorgar vida, conciencia, luz, inteligencia, alma y corazón a los seres, y aun a las cosas. Y la última potencia y base tanto de lo real como de todo movimiento vital autoconsciente.

  Gilbert Durand entiende la iconoclastia o extinción simbólica como el proceso histórico consistente en la progresiva devaluación de la imagen simbólica, en cuanto epifanía de un misterio. El saqueo de la Iglesia de la Gratitud Nacional y la destrucción del Cristo crucificado por ese grupo de encapuchados, es parte de dicho proceso, de esa voluntad aniquiladora de todo sentido de la trascendencia que, además, trasunta una arrogante y autocomplaciente renuncia a la capacidad de pensar, en favor de un presente hedonista y sin límites. Renuncia comparable a la denunciada por Hannah Arendt, referida a los ejecutores de escritorio y burócratas del nazismo, en el marco del caso Eichmann. Esa psicopatía estructural va unida a la fragmentaria proliferación de imágenes y pantallas brillantes por doquier, cuya expansión irracional es otra variante de dicha iconoclastia o extinción simbólica. Esas imágenes desechables carecen de profundidad, debido a lo cual son funcionales a la hipertrofia del mercado, la publicidad, la conciencia masificada y la atrofia afectiva de los consumidores, sin alma per se.

  Pero la imagen del Crucificado no ha perdido esa irradiación simbólica. Si careciese de ella, jamás habría constituido la base de una cultura, por mucho que ésta se haya traicionado a sí misma. Y en razón de eso debía ser destruida por los encapuchados, quienes se pusieron en el lugar de la turba que decidió la muerte de Jesús, al servicio del oportunismo y cinismo de los poderes de este mundo, y en el lugar de los soldados que lo sometieron a escarnio, lo azotaron y torturaron, antes de crucificarlo.

  Esas figuras negras y sin nombre, y sus ruidos guturales, son una muestra -entre otras- de las fuerzas regresivas e indiferenciadas constitutivas de la postdictadura y sus supuraciones, como de una enfermedad moral. Y son una extensión más de los poderes que perpetraron ese asesinato satánico, como expresa René Girard, refiriéndose al homicidio colectivo, la crucifixión de Jesús y la violencia de que fue objeto.

  La pretensión de que se trataba de un simple “Cristo de yeso” sin significado alguno, es parte del proceso de iconoclastia o extinción simbólica que se desarrolla en el Chile eficiente, moderno y ejemplar del siglo XXI. Por otro lado, la infantilización de los encapuchados es una forma de negacionismo inconducente, así como las explicaciones sociológicas tendientes a la disolución de toda responsabilidad individual y sentido moral. No son niños, pues carecen de inocencia, un valor hoy considerado risible y anticuado, en medio del pornográfico exhibicionismo inherente a las redes sociales, sus plataformas de linchamiento y su descarada psicopatía de masas. Su degradación hasta quedar descerebrados no es responsabilidad de todos, como se pretende, apelando al argumento ad misericordiam. Y no todas las víctimas de la sociedad y la opresión tienen estatura moral para hacer exigencias, pues siempre será más fácil, cómodo y placentero no responder por nada, así como manipular, depredar y explotar oportunistamente a otros.

  El irracionalismo y carácter arcaico de las protestas, y del ambiente social en general, es cada vez más ostensible. Durante las manifestaciones del 21 de mayo pasado, con ocasión de la cuenta pública de Bachelet en el Congreso, el trabajador municipal Eduardo Lara murió asfixiado al interior de otro edificio patrimonial incendiado en Valparaíso. Esta vez, debido a bombas molotov arrojadas por encapuchados. Lara tenía 71 años. A pesar de su edad, seguía trabajando, pero bajo condiciones irregulares, precarias e indignas, situación que derivó en tardías sanciones a la Corporación Municipal de Valparaíso.

  Ese mismo día, un joven afectado por un cuadro psicótico, cuyo contenido se relacionaba con un episodio del libro del profeta Daniel, ingresó a la jaula de una pareja de leones, en el Zoológico Metropolitano. Tras desnudarse, hostigar y azuzar a los animales, fue atacado por éstos, los cuales fueron abatidos a tiros, en razón de protocolos mecánicos que no operaron cuando aquél ingresó a la jaula. Pero sobrevivirá, mutilado y loco, gracias al sacrificio de estos tristísimos leones -ya dañados por el cautiverio-, sobre la base del humanismo espurio y sin contenido de los funcionarios del zoológico, incapaces de proteger a los animales a su cuidado, en situaciones límite. Estos hechos tuvieron lugar, mientras se desarrollaban las protestas y la intervención de Bachelet en Valparaíso.

  Pero a los encapuchados no les bastó con la muerte de don Eduardo Lara. Ni les bastará con el saqueo y destrucción de la imagen de Cristo. Necesitan diversiones aún más violentas y sórdidas. ¿Qué ocurrirá durante futuras movilizaciones? ¿Los estudiantes y sectores que a sí mismos se consideran progresistas continuarán pretendiendo que la acción de los encapuchados obedece a montajes de carabineros e infiltraciones de grupos minoritarios, sin nunca ofrecer pruebas de sus declaraciones?

  ¿Y qué harán los encapuchados en una próxima oportunidad? ¿Descuartizarán, efectiva y alegremente, a una persona viva en la calle, al ritmo de cacofónicas batucadas o del reggaeton, para así demostrar su miserable pequeño poder y realizar sus fantasías psicopáticas de falsas transgresiones e ilimitadas libertades? ¿Devorarán el cadáver ante las cámaras, para así escandalizar a los adultos, los burócratas del gobierno, la Iglesia y la policía? ¿O abandonarán sus restos, sin más, como se abandona un objeto de consumo tras la juerga, como abandonaron al Cristo roto en la calle, para que siga siendo el problema de alguien más?

  En Chile, la impunidad está garantizada. Es la base de su enconada enfermedad moral. Ha sido el sello de la postdictadura y sus gobiernos, principalmente de la Concertación de Partidos por la Democracia y la Nueva Mayoría. El ciclo que Pier Paolo Pasolini observó en la Italia de su tiempo, cuando la sociedad de consumo alcanzó su consolidación arrasando con la cultura, y él estaba pronto a ser asesinado, se ha cumplido en Chile: TENER, POSEER, DESTRUIR. 

  Los encapuchados no son una fuerza libertaria, ni representantes de una vanguardia esclarecida que actuaría en nombre del pueblo. Son la imagen de la podredumbre moral de la sociedad de consumo: depredadores siempre insatisfechos, dispuestos a tener, poseer y destruir, como único horizonte de su presente carente de contenido humano. Son la escoria de la sociedad de consumo, y cómplices de su disolución constitutiva y autojustificada. Y son la escoria de la llamada “generación sin miedo”, entronizada gracias a la comodidad, desidia, traición y renuncia de sus mayores, esclavos de su propia ignorancia y la de sus hijos, la cual, no obstante, constituye un poder y una eficiencia al servicio de la alienación y la aniquilación.

  En último término, los encapuchados son productos terminales del neoliberalismo triunfante, e instrumentos de su barbarie.

  Lo sagrado se oculta. La humanidad se extingue. Se reiteran los signos de disolución que constituyen manifestaciones de una locura y un mal en ciernes: desde la destructividad del fuego y el agua, y la muerte masiva de animales, hasta la indolencia, vaciamiento e ineptitud del gobierno; los rasgos primitivos de crímenes atroces en el último tiempo; y las acciones destructivas de los estúpidos encapuchados, con resultado de muerte. 

  Ya no hay ninguna diferencia entre oprimidos y opresores. Ambos comparten las mismas ambiciones y deseos violentos. El envilecimiento del pueblo, transformado en lumpenfascismo, se ha consumado. El dinero controla todo.


                   Que Chile se hunda de una vez, y que sea rápido.


Valparaíso, la ciudad en ruinas, 
sepultada en la miseria, 
la ciudad que se quema,
11-13 de junio de 2016



Lucy Oporto Valencia (Viña del Mar, 1966). Autora de los ensayos: Una arqueología del alma. Ciencia, metafísica y religión en Carl Gustav Jung. Editorial USACH, 2012. El Diablo en la música. La muerte del amor en El gavilán, de Violeta Parra. 1ª edición, Altazor, Viña del Mar, 2008. 2ª edición, corregida y aumentada, Editorial USACH, 2013. “El sonido, el amor y la muerte. Violeta Parra y la Nueva Canción Chilena”, en Palimpsestos sonoros. Reflexiones sobre la Nueva Canción Chilena. Eileen Karmy y Martín Farías, Eds., Ceibo, Santiago de Chile, 2014. Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo. Editorial USACH, 2015.



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